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La falacia de que todo es gris

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La falacia de que todo es gris

Mensaje  Sawedal el Sáb Jun 06, 2009 10:50 pm

Imagina por un momento que has nacido en un planeta similar a éste, pero en el cual hay tanta nubosidad permanente, que nunca brilla el sol ni se puede ver observar nítida a la luna.

Los días son una gama de grises constantes, a veces más luminosos, a veces muy oscuros y tormentosos. Las luces más fuertes que conoces, son los relámpagos que, así como deslumbran y fascinan, desaparecen.

Que toda forma de vida, está influida en su naturaleza anímica o forma de ser, por el gris constante y a veces oscuro tormentoso.

Que la inmensa mayoría de las cosas y seres son fríos al contacto con la piel o, algunos, quemantes como metal de una olla al fuego.

Los paisajes siempre han sido deprimentes por su apagado o tenue colorido, predominando la penumbra y oscuridad en los sitios abrigados, salvo que sean iluminados por una peligrosa fogata, tan cálida a cierta distancia que ahúma intoxicando, como quemante y que necesita de atención constante para no disminuir mucho apagándose, ni ser sobrealimentada para desvirtuarse consumiéndolo a todo.

Las demás personas, como todos los seres, viven reconcentradas en lo suyo. En sus intereses inmediatos, con caras serias, desconfiadas y hasta hoscas, en las cuales las sonrisas son tan infrecuentes que parecen muecas forzadas, ya que están habituadas a gruñir y quejarse.

¿Puedes imaginarte ese mundo gris sombrío?

Es un mundo dedicado a lo mundano, a la supervivencia y autocomplacencia en soledad, con alianzas momentáneas por conveniencias.

Donde el futuro es algo tan relativo que no tiene sentido especular, por lo que importa sólo -o más que nada- el “hoy” y “ahora”, por lo difícil que es mantenerse y complacerse lo necesario para sentirse satisfecho de los esfuerzos del día; además que se está tan fatigado de preocupaciones y esfuerzos que no tiene sentido abrumarse con más sobre un futuro tan incierto que es como pretender conocer qué habrá más allá de las eternas nubes del cielo.

Así, te has criado entre extraños que te han atendido con esmero por considerarte como una extensión de ellos. Mas cuando corroboraron que no eras como querían que fueras, y encima les incomodaban muchas pretensiones incómodas de atenderte, comenzaron a darte cada vez menos, o prestarte menos atención. Hasta que llegó el momento en que te has sentido tan igual en carácter, que necesitaste gratificarte a ti, del mismo modo que los demás hacen consigo mismos. ¡Tan igual en modos y necesidades básicas, como diferente en preferencias! Te has vuelto “una más del montón” a ojos de todos. Pero tú sientes que no es así, que eres diferente, aunque no sabes precisar en qué.

Por eso comienzas a buscar algo que te permita reconocer y poder decir en qué te diferencias del montón. Crees hallar algo con lo cual te identificas, y notas que es un detalle con el que se identifican los demás que “buscan algo”. Es una moda, un estilo de vida diferente. Te sumas al mismo creyendo que entre todos lograrán hallar una respuesta.

Así, el tiempo pasa y las desilusiones también. Has cambiado de modas y estilos y ya no eres siquiera adolescente, pero no has hallado al “qué” que buscas. Tu rostro, al igual que tu cuerpo, ha cambiado bastante, al igual que tu carácter y ánimo. Ya eres casi igual que los demás adultos, con rostro serio, adusto, casi hostil, en el cual las sonrisas que esbozas, hasta a ti te cuesta reconocerlas diferentes de una mueca.

Pasado más tiempo, cuando ya eres una persona adulta y convencida que tu búsqueda no era más que una utopía o un imposible que necesitaría de un milagro como el de un relámpago que cae justo encendiendo el fuego que estás preparando, acontece algo insólito.

Percibes que entre las nubes del cielo hay un hueco por el que asoma una luminosidad increíble, como columnas de relámpagos suaves, tenues y estables que las nubes arrastran por el suelo. ¡Es un milagro! Un fenómeno único que creías que sólo eran cuentos de viejas.

Mirando mejor, notas que más allá hasta hay un puente curvo de colores que se incrusta desde las nubes al suelo. Casi te sorprende darte cuenta que estás corriendo para intentar escalarlo y ver qué hay sobre las nubes o más allá.

¡Cuánto que asombrarías a todos al poder afirmar que has subido tan alto como para describir con certeza qué misterio hay tras las nubes!

¿Cómo era que en las leyendas denominaban al puente de colores? ¡Ah, sí! Arco iris. El puente al cielo que concede deseos y es un milagro. ¡Y te tocó a ti poder presenciarlo con la oportunidad de subir al mismo! ¿No estaré soñando? Te preguntas mientras corres.

De pronto, algo no encaja en lo que estás notando. Te acercas a los tubos radiantes de luz, pero el puente de colores continúa manteniendo la misma distancia. ¿Será que las nubes sólo me acercan a los rayos suaves?

Como quedan más cercanos que el arco iris, decides probar, de pasada, curiosear si son calientes o sólidos tales rayos. ¡Con la prudencia y recelo que el caso amerita, por supuesto!

Cuando estás muy cerca, te va paralizando la mezcla de emociones; especialmente el miedo a lo desconocido, hasta que te detienes a observar con admiración y cautela.

¡Qué maravillosos colores tiene lo que van tocando esos rayos! Son como un pincel de luz. ¡Y no parecen dañar a nada de lo que tocan! Al contrario, parecen darle más vida, como si alegraran con su toque.

En tu interior sientes tu corazón más alborozado que por la carrera, como si ya te estuvieran tocando y dando más color. La sensación de curiosidad es mucho más fuerte que el miedo y decides ponerte en el camino de esos rayos para dejar que te pinten con su luz.

Notas cómo la luz que da colorido se desplaza por el terreno, matizando plantas, árboles, frutos y flores de modo mágico e imposible de describir. Ya está cerca. Está por tocarte. Cierras los ojos preparándote para un golpe o lo que sea…

Aguardas impaciente algo rotundo, pero NADA.

¿Nada?... Nada no. Algo sí percibes. Una calidez muy especial. Como la tibieza de un fuego a distancia perfecta, pero que no ahúma.

Te decides a abrir los ojos.

¡Cómo cambió todo! Sólo ves bien lo que está dentro de la gran mancha de luz y es… ¡Maravilloso! Hasta las sombras son más nítidas. Miras tus manos, tu ropa, todo tiene más color, más nitidez. Y ¡qué calidez hermosa la que llega desde lo alto! Acaricia tu piel y todo tu ser de modo ¡tan agradable!

¡Qué lindo que sería poder disfrutar de esto de modo constante! Te dices. ¡Qué privilegio que tengo!

De pronto te preguntas ¿Qué lanzará esta luz tan agradable y cálida? Elevando tu mirada hacia lo alto, hacia la fuente.

Y al hacerlo, así como ves un gran círculo blanco, todo se te pone negro y ¡no puedes ver nada! Ni siquiera al suelo o tus manos. Te han cegado. ¡Qué desesperación! ¿Por qué te han brindado tanto placer y milagro? ¿Para quitarte más de lo que te han dado?

¡Ay! ¿Cómo haré ahora para conseguir comida y atender mis necesidades básicas? ¡Siquiera poder regresar a casa! Te preguntas con pánico.

Intentas calmarte. Te restriegas los ojos y, al hacerlo, notas que “algo” logras percibir. ¡Sí! De a poco estás recuperando la capacidad de ver!

Ràpidamente te alejas de la gran mancha de rayos que ya está terminando de alejarse (y de cerrarse también), no sea que te vuelva a lastimar quedando a oscuras de por vida.

Pero ni bien sales de la misma, notas una gran diferencia: el aire es más frío, todo es más gris, opaco y deprimente.

Dudas qué hacer. Si volver dentro de la gran luminosidad intentando seguirla donde vaya, o regresar a la rutina y contarle al mundo tu gran experiencia.

Optas por seguir a la mancha, pero ésta ya se está terminando de cerrar, como diciéndote “ya basta” y a los pocos metros de acompañarla, se terminó de desvanecer nuevamente oculta entre las eternas y plomizas nubes.

¡Ya ni siquiera se ve el puente de colores que denominan arco iris!

¡Qué oportunidad perdida! ¡Qué grata sensación y maravillosa experiencia!

Lentamente regresas a tu hogar.

Por el camino intentas comentar lo que pasó a cada uno que cruzas. Pero se te ríen en la cara o te miran con la certeza de que estás alucinando. Sólo un par de personas, bastante apáticas, comentaron haber visto que resplandecías e irradiabas luz como un fuego. Pero que no se animaron siquiera a meterse, por miedo a quemarse. Pero tampoco están seguras de no haber alucinado respecto al gran pincel de rayos.

¡Qué fea sensación la reacción de los demás incrédulos! ¡Cómo te gustaría haber podido irte con la mancha de luz, si no se hubieran cerrado las nubes!

Finalmente, pasados ya varios meses y hasta años, continúas preguntándote por qué.

¿Por qué te habrán elegido para ser testigo y vivenciar tal experiencia maravillosa, pero te rechazó el disco blanco, encegueciéndote, y se cerraron las nubes después?

¿Por qué nadie te toma muy en serio en lo que dices? Pero sobre todo, lo que más te duele, es EXTRAÑAR a esa calidez que te brindó el disco blanco que también te cegó por un rato.

Así viví una experiencia de amor en esta vida.
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