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Creencias que matan o Asustame que me gusta

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Creencias que matan o Asustame que me gusta

Mensaje  pepe2982 el Lun Feb 01, 2010 12:28 am



Quien más, quien menos, todo el mundo está familiarizado con el “efecto placebo”. Para decirlo fácil: es la sensación de sentirse mejor después de haber tomado una medicación de mentirita (una pastilla hecha con talco, por ejemplo). Incluso puede atribuirse al efecto placebo esa mejoría súbita que sobreviene con sólo ver al médico y recibir una palmadita reaseguradora.
Menos conocido es el “efecto nocebo”. Según la revista británica New Scientist, ocurre cuando uno se empieza a sentir mal –hasta el punto de estirar la pata– después de ingerir un medicamento que se cree peligroso o tras haber sido objeto de una maldición por parte de una persona con supuestos poderes brujeriles.
Recientes estudios científicos mostraron que, en algunos casos, basta que un Dr. House con cara de tragedia anuncie un pronóstico sombrío para empezar a empeorar. También los investigadores se quedan con la boca abierta ante los casos de gente saludable que empieza a deteriorarse por creer que alguien lo engualichó o maldijo. Es cuestión de creer y, sucesivamente, reventar.
En grupos susceptibles a la sugestión –y el que no califica en esta categoría que tire la primera piedra-, el efecto nocebo está tan extendido como la cintita roja que se les pone a los bebés contra el mal de ojo.
El “nocebismo”, que tiene efecto a nivel universal, parece estar haciendo estragos particularmente en la Argentina. No se trata de la profecía autocumplida en el aumento de la cotización del dólar o el euro. Tampoco del hipocondríaco tipo Woody Allen.
Hoy, el efecto nocebo parece encontrar terreno fértil en la salud pública de todo el país. La creencia de que existe ahí afuera un maleficio sanitario que se abatirá sobre nuestros cuerpitos se ha apropiado de la vida cotidiana. Y nos enferma y nos aterroriza.
Desde que empezó el año, no paramos de temblar. Primero fue el dengue, luego la influenza A o gripe porcina, mañana será la meningitis y siguen las firmas.
Los titulares informativos no dejan de echar nafta al incendio: que la duplicación de los casos, que el ocultamiento de los muertos, que el vencimiento de medicamentos o insecticidas, que la guerra biológica, que el negocio de los laboratorios.
El nivel conspirativo supera cualquier episodio de los Expedientes X o, para ponernos a la moda, de la nueva serie Fringe. Nadie confía en nada. Detrás de las cifras oficiales de la gripe porcina, se especulan confabulaciones políticas, cuando no negocios non santos.
Las creencias nocebistas se convierten en enfermedades de todo tipo, en crecientes colas en los hospitales, en ventas siderales de barbijos e insecticidas y en la súbita popularidad de infectólogos y virólogos antes ninguneados. Como si el efecto nocebo fuera poco, los argentinos le agregan vedettismo a la histeria colectiva.
Si hay una epidemia mundial, enseguida los argentos gritan “yo, primero”, y se ponen en fila temblando a esperar tener la mayor cantidad de casos, la peor atención sanitaria, el más alto índice de mortalidad, el negociado más escandaloso, la indignación más vociferante.
A nadie parece importarle que, tan sólo el año pasado, 1.186.997 argentinos hayan enfermado de gripe, de esa tendencia otoño/invierno que se presenta ahora mutada en un virus contagioso como los bostezos pero menos letal de lo que se imaginaba.
Mucho menos promueve conversación a la hora de la cena el que mueran unos 800 argentinos por tuberculosis cada año y unos diez por semana de Chagas. Ni hablar de los 18.350 muertos por neumonía en 2007, o de los 354 por úlcera péptica, por sólo mencionar dos cifras que le nefregan a esa misma gente que no se pierde un capítulo de las cifras sobre el dengue o la influenza A H1N1 a la hora de la cena.
Lo único que importa es el miedo que golpea los postigos en este momento. Y patalear, siempre.
Así, las furibundas críticas a la suspensión de los vuelos con México fueron reemplazadas por airados reclamos para cerrar las fronteras con Chile. Las vestimentas desgarradas por las “enfermedades de la pobreza” dejaron paso a la conmoción por la influenza (nada de gripe porcina) que parece afectar más a los ricos y famosos que al resto.
Lo que hace dos meses generaba escándalo y un recuento fantaseoso de casos de dengue hora a hora actualmente provoca susurros en el country y cobertura mediática elegante. En ambos casos, lo que está detrás es el atávico miedo a no poder controlar lo que ocurre alrededor. Especialmente, cuando la situación de riesgo es incierta per se, y no por error de alguien.
¿Habrá alguna forma de sacarle el cuerpo a la manipulación que hace el miedo sobre nuestras mentes? Tomar conciencia del efecto nocebo tal vez funcione. Pero, como dice un amigo, lo mejor acá es tomarse un “garompol”. Ya vendrá una nueva crisis para probar que los argentinos no sólo zafamos siempre sino que también somos los mejores a la hora de gozar con el terror.

En septiembre de 2003, miles de varones sudaneses acudieron a los puestos de socorro de la ciudad de Jartum convencidos de que una terrible enfermedad estaba haciendo encoger sus penes. El mal, que se transmitía por el mero hecho de dar la mano a un extranjero, adquirió tales proporciones que obligó a actuar a la policía y al ministerio de Sanidad. Este curioso fenómeno, conocido como Koro, es frecuente en otras zonas de África y especialmente potente en China, donde miles de hombres acuden cada año al médico con el convencimiento de que una rara enfermedad está haciendo desaparecer sus penes.
Los antropólogos han bautizado estas epidemias imaginarias como síndromes culturales, término que engloba a aquellas enfermedades propias de determinados grupos étnicos que en realidad no presentan más síntomas ni otra aparente causa que las propias creencias de quienes las padecen. En el mismo caso de la histeria ártica de los Inuits, la niebla cerebral del África occidental, el Hwabyeong coreano, la enfermedad del espíritu de las tribus norteamericanas o el famoso “mal de ojo” del que hablaban nuestras abuelas.

El denominador común de todos estos “males” es que sus poseedores enferman por la propia creencia, un hecho que entronca con lo que en Medicina se conoce como efecto Nocebo. Este fenómeno, una especie de reverso tenebroso del efecto placebo, provoca que un paciente empeore por el mero hecho de saber que está enfermo o porque se convence de que lo que tiene va a acabar con su vida.
La revista New Scientist documentaba hace unos meses el caso de un paciente llamado Sam Shoeman a quien, en los años 70, le fue diagnosticado un cáncer de hígado que le dejaba pocos meses de vida. Al cabo de unas semanas el paciente empeoró y murió, pero la autopsia reveló que los médicos se habían equivocado: el tumor era muy pequeño y no se había extendido. De algún modo, como dice la revista, Shoeman no había muerto de cáncer sino de saber que tenía cáncer.
Otro paciente, llamado Derek Adams, acudió a urgencias después de haber ingerido un bote de antidepresivos y estuvo al borde de la muerte hasta que el psicólogo que le trataba en un programa de pruebas indicó que aquellas pastillas en realidad no contenían nada dañino. Apenas quince minutos después, Adams se había recuperado milagrosamente de sus síntomas.
Para comprobar este particular resorte psicológico, Giuliana Mazzoni, de la Universidad de Hull, en el Reino Unido, hizo un experimento con estudiantes a los que pidió que inhalaran una muestra de aire normal y les dijo que podía contener una toxina que provocaba dolores de cabeza y náuseas. Al cabo de unos minutos, buena parte de ellos desarrollaron los síntomas de una enfermedad inexistente, multiplicado por el hecho de ver a otros compañeros enfermando.
El efecto nocebo es conocido por los médicos, que a menudo notan cómo los pacientes refieren molestias antes incluso de haber comenzado el tratamiento. Queda mucho por saber sobre el impacto de las creencias o falsas ideas en la salud, pero la realidad nos dice que somos capaces de convencernos a nosotros mismos de casi cualquier cosa. Un ejemplo reciente lo dejan los habitantes de la ciudad sudafricana de Craigavon, que llevan semanas pidiendo la retirada de una torre de telefonía a la que atribuyen todo tipo de alteraciones de la salud: desde dolores de cabeza a quemaduras y problemas para dormir. Y la compañía acaba de certificar que la torre lleva apagada desde octubre.


Fuentes:
http://librodenotas.com/guiaparaperplejos/17597/penes-que-encogen-creencias-que-matan
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=24209

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