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Desocupación prolongada: Un perjuicio social difícil de revertir.

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Desocupación prolongada: Un perjuicio social difícil de revertir.

Mensaje  Don Sapo el Miér Jul 28, 2010 3:07 pm

Con la crisis económica que se ha instalado en muchos países del planeta, una de las consecuencias lógicas es el desempleo, la falta de oportunidades laborales para todos. Esto genera explotación o abuso por parte de los empleadores (pauperización de las condiciones laborales y retribuciones), que aluden (no siempre con razón) que la crisis también los afecta a ellos y, por eso, no pueden pagar mejor o permitir condiciones laborales verdaderamente dignas.

De este modo, además de un alto porcentaje de gente que “se regala” por un plato de comida o la posibilidad de sobrevivir “hasta que pase” la situación crítica; los que aún tienen empleo, además de devaluarse su poder adquisitivo y estar más incómodos y exigidos en sus tareas, tienen la presión extra del temor a la reducción de personal o cualquier otra forma de perder el empleo o no poder llegar a fin de mes, manteniendo el estilo de vida.

Así se va creando y agigantando una especie de psicosis masiva de inseguridad que, cuanto más se prolongue la situación, más empeora en varios otros aspectos. Por ejemplo: Incremento de la delincuencia por necesidad o a falta de otras alternativas legales. Mayor presión en impuestos generales para tener más fondos de “ayuda” a los carenciados que, casi siempre, se convierten en dádivas y pésimamente distribuidas, lo cual genera resentimiento social por la obvia injusticia e incapacidad del gobierno e instituciones solidarias.

Esta cadena de efectos, continúa reforzándose y agravando a la situación social general en múltiples aspectos, ya que todo se potencia mutuamente.

Mayor delincuencia y resentimiento social, explotación laboral, peores condiciones de trabajo y de vida POR TEMORES que lógicamente se agigantan ante la falta de una respuesta y solución válida desde los gobernantes. Endurecimiento de las penas judiciales que, en lugar de solucionar a las causas en su verdadera raíz (falta de oportunidades y/o educación coherente), se reprime demasiado y subjetivamente a algunos delitos, perdonándose o siendo demasiado blandos con otros y saturan a las cárceles o centros de detención, que se convierten en universidades de delincuencia.

Los empresarios cada vez invierten menos en áreas “inseguras” en rentabilidad pero que son necesarias, ya que van “a lo seguro”, que suele ser lo muy obvio y saturan al mercado con “más de lo mismo” sin creatividad ni alternativas realmente válidas. Sólo abaratan “como sea” a los costos, en lo cual terminan ganando casi siempre las empresas con mayor capital, porque son las que mejores medios tienen y, a los precios y condiciones de pago, también pueden lograrlos mejores, incluso mediante presiones o “favores” de personas “amigas” dentro del gobierno, cuando no logran exenciones impositivas cuestionables e injustas para con los pequeños o micro emprendedores.

La respuesta social no se hace esperar. Quejas, manifestaciones, paros. Medios de difusión que critican exageradamente o agigantan detalles de la realidad “para vender más” por impacto psicológico social, con la cual continúan agravando a la inseguridad y sensación de un “viva la pepa” de los que tienen dinero y alguna forma de poder, que agrava también al resentimiento de los que más padecen: Los más humildes.

Esto no sólo agiganta más a la inseguridad y delincuencia casi forzada. También al constante agotamiento psicológico (stress), que impulsa a las personas a intentar gratificarse o descansar el máximo posible, desatendiendo cada vez más al propio núcleo familiar y obligaciones importantes que pasaron a ser “secundarias” y llevando vidas “idiotizadas” en las que rinden una mínima parte de lo que realmente podrían, no sólo en lo familiar, sino también en lo laboral.

Hijos que son criados incontenidos e incomprendidos, lo cual agiganta la más que normal rebeldía adolescente, que se incrementa en los años de duración de la misma, por comenzar anticipadamente y prolongarse aún después de la edad lógica, por demora en la maduración interior (intelectual y emocional) para adaptarse e incorporarse sanamente a la vida adulta. Genera mucha frustración por falta de ejemplos válidos en sus vidas cotidianas (gente de carne y hueso a la que admirar e imitar, por corroboración directa de que es un ejemplo válido y deseable en su forma de vida y conducta). Y así, a falta de un norte accesible para sus vidas, terminan cayendo en buscar formas de evasión lo más fuertes y durables posible, con lo cual se incrementan las adicciones de toda clase, de las cuales, las drogas son la alternativa más fuerte y efectiva. Drogas que, por caras y adictivas, terminan llevando a vidas delictivas o rendimiento laboral con acciones absurdas y peligrosas cada vez más frecuentes, además del desprecio por la vida propia y ajena.

Ante padres colapsados en sus capacidades de intentar sobrevivir sin enloquecer y mal preparados para cumplir con su rol de sanos orientadores de sus hijos, incurren en contradicciones severas y falacias educativas tales como el “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” (entre otras muchas); con lo cual refuerzan la rebeldía social de los niños y jóvenes, a la vez que es un estímulo directo a menospreciar toda clase de valores, no sólo humanos, sino también sociales. Se privilegia el egoísmo del “sálvese quien y como pueda”, profundizando la crisis social en todos sus aspectos, ya que cada uno se privilegia a sí mismo al margen de coherencia o auténtica sensatez.

La sociedad se escinde (divide) cada vez más entre los que tienen y los que padecen demasiado. Lo cual conlleva que se agrande cada vez más el sector de los que padecen, por achicarse los que aún ganan bien y cada vez más.

Pero eso no hace más que generar mayor inseguridad social en olas de robos, secuestros, etc; lo cual es una especie de boomerang hacia los que más colaboran a que la crisis exista, ya que son cada vez más buscados como objetos de robo, secuestro o simplemente desahogo de frustraciones en violencias. Por lo cual, tales personas adineradas, también sufren la crisis al hallarse obligadas a vivir más limitadas por temor a la inseguridad, con más gastos y peores condiciones de vida en jaulas de oro.

Sobre todo con el riesgo constante de que ellos o sus seres queridos sean víctimas de “delincuentes” y “enfermos”.

Peor aún: Porque el excesivo abaratamiento de los costos lleva a fabricar productos tan descartables que, como se evidenció con el derrame de petróleo en el Golfo de México, o las problemas técnicos de los vehículos de marca Toyota y hasta los problemas del I-phone 4 de Apple, terminan ocasionando pérdidas que, además de resultar incomparables con el costo de hacer bien las cosas, con calidad holgada para el uso, implica una “mancha social” o pérdida de reputación que difícilmente los demás olviden, aunque no la mencionen.

Si bien aquí podría dar por finalizado el artículo, me quedaría en el tintero el detalle por el cual lo he iniciado: El peso del hábito de quienes pasan demasiado tiempo sin trabajo.

Cuando una persona se queda sin una actividad digna que justifique dedicarle el grueso del tiempo personal, al principio puede tomarlo como unas más que deseadas vacaciones para aprovechar el tiempo en cosas que relegaba por falta de tiempo. Pero muy pronto el dinero comienza a mermar y, la falta del mismo, comienza a hacer sentir a la persona una marginada social; ya que además de que es imposible moverse o “hacer algo” sin dinero en las ciudades, el mantenimiento de uno mismo y una vivienda son altos. No sólo por impuestos y servicios esenciales, sino también en alimento y abrigo o vestimenta. Con lo cual, al hacerse notaria esta necesidad, comienza el temor a no poder reinsertarse socialmente que, cuanto más tiempo pase, más fuerte se hace hasta llevar a extremos de la desesperación de estar “dispuesto a todo” por lograr una forma de reinserción social (aceptación, no ser excluidos o marginados con miradas de lástima y hasta desprecio), que es con lo que especulan y se aprovechan demasiados empleadores y contratan “barata” a gente que no está tan bien capacitada, por formación, experiencia y condiciones psico físicas como un verdadero profesional, por lo cual rinden peor pero “aceptablemente” en general.

Lo que pareciera que pasa desapercibido es que, cuando ni en la desesperación se logra una reinserción social más o menos digna, o que permita creer que se podrá recuperar la dignidad, aparece una tercera etapa en la vida del desocupado: La rutina de ocupar el tiempo de algún modo “a la espera” de que surja alguna oportunidad válida.

Algunos se vuelcan a actividades ilícitas por aburrimiento entre “malas compañías” que están en similares condiciones, donde un malviviente ofrece “dar una mano” a quien no la recibió de nadie más. (Según lo efectiva de la formación moral recibida de niños y resentimiento social acumulado será la misma. A veces tan sólo es un emprendimiento callejero como vendedor ambulante y, otras, las extremas del hurto, robo y hasta asesinato).

Otras, tan sólo se aíslan en su propio mundo mental. Aferrándose a una fantasía bien intencionada pero inviable o no rentable, resultando una carga pesada para el resto del grupo familiar.

Pocas veces se suman como miembros activos en organizaciones comunitarias de ayuda (ONGs, aunque no sean del todo estructuradas en lo legal, pero que les faciliten cierta contención y hacerlos sentir útiles y necesitados). Sobre todo porque estas organizaciones difícilmente puedan retribuirles económicamente o siquiera aliviarles a las necesidades más urgentes, si no tienen una pareja o familiares que les ayuden con lo más básico.

En general, nadie quiere delinquir ni quedarse en casa dedicado a observar y mantener limpio de pelusas al ombligo. Por eso no dejan de buscar en qué ocupar el tiempo y cómo, que más o menos les satisfaga.

El problema reside en que, con el tiempo, se vuelve una rutina en la que se han mentalizado y hasta le van tomando aprecio. Por lo cual ya no buscan un trabajo propiamente dicho y, de surgirles posibilidades, entran a tallar dos factores que pueden ser muy negativos:

a) El haberse adaptado tanto a su actual forma de vida que ya la aprecian. Es posible que decidan “probar” a aceptar un trabajo, sólo si la posibilidad laboral realmente lo amerita y les alienta al cambio por las grandes diferencias respecto a la “COMODIDAD” (mental e interior) que actualmente tienen en la miseria absoluta o vida transgresora y hasta delictiva.

b) El recuerdo de cuán traumático es comenzar en un nuevo empleo, donde no se conoce a nadie (con suerte a quien hace de puente o contacto para ingresar), la exigencia de consustanciarse con mucho de golpe y que no se sabe siquiera si será un ámbito agradable o afín a uno. Con el agravante de la duda sobre la propia capacidad para desempeñarlo como pueden pretender los empleadores, por la autoestima personal que decayó cada vez más con el paso del tiempo de “paria social” y desactualizado. Lo cual detona el temor de “no estar a la altura” de las exigencias y que al poco tiempo lo despidan. Con lo que, además de haberse ilusionado estúpidamente y tener una frustración aún mayor que la última vez que quedó sin empleo (más baja aún la autoestima), se reitere y agravado todo el proceso de volver a adaptarse a ser un “eterno desempleado” o “paria social” y "reinsertarse" a ese ámbito de "parias".

He señalado a todo esto, más que nada por conocer bien a las consecuencias de las rutinas enquistadas, sobre todo cuando se concatenan con una autoestima muy baja por falta de reconocimiento social a la propia valía, reflejada y asociada directamente con la imposibilidad de hallar una actividad laboral rentada o que otros ni siquiera agradezcan o compensen como puedan a lo que se ofrece de corazón, por “excesivo tiempo ocioso”.

Las personas terminan "encariñándose" con sus rutinas y, cambiarlas sin suficientes garantías de éxito o estabilidad en la nueva, es demasiado traumático para correr el riesgo de soportar una reiteración de caída, pero esta vez aún más bajo, por ser “una más” que se suma y que los demás reforzarán la idea de que es uno mismo el “inútil” que “¿para qué vive? Si es un estorbo social”. Con lo cual se destruye psíquicamente al individuo al que se le ofrecen paliativos laborales que no duran; o que le exigen demasiado de golpe; o no son realmente acordes a sus capacidades, así sean porque no tienen en cuenta que necesita bastante tiempo para readaptarse a la nueva rutina y todas las exigencias que le implican.

Por todo esto es que aseguro que es preferible dar empleos estables de media jornada y sueldo (o asegurar temporadas de a tres meses como para cosechas manuales o zonas de turismo temporales, pero constantes de alternarlas con temporadas de otras zonas y cosas si no se consiguió algo mejor), para que no pierdan la costumbre de hacer y ser retribuidos. Porque el dar subsidios de desempleo que no solucionan casi nada a los que están en peores condiciones, los envicia o mal acostumbra y termina desesperando aún más cuando vencen los plazos y no consiguieron nada que sea más o menos digno.

Es preferible crear y organizar a grupos de mano de obra básica que se rotan en actividades según temporadas de cada zona o área, haciéndose cargo parcial el gobierno de los gastas de vivienda y traslado, fomentando la repoblación de zonas despobladas o abandonadas. O de crear y organizar financiando como asociado a empresas semi estatales, con la participación de los empleados en los diversos puestos, estilo cooperativas de trabajo, en vez de dar subsidios de desempleo a los que tienen pocas oportunidades reales de reinserción social digna. Antes que eso último, más vale pensionarlos definitivamente y que en adelante se las rebusquen como puedan con lo que reciben, antes que se vuelquen a delinquir, mendigar o sólo ser una carga para el resto del grupo familiar que, psicológica y emocionalmente, los convierte en una bomba de nitroglicerina (se agita y explota) que es impredecible cuándo y qué les detonará o hará estallar.

En definitiva: el desempleo no sólo es pérdida de mano de obra legítima y de ingresos fiscales que impone más gastos públicos, sino también deteriorar a la salud psíquica y emocional de toda la sociedad que tenga alto nivel de desempleo. Hasta las empresas pierden calidad de oferta de mano de obra además de reducir el mercado consumidor. Los jóvenes no sólo tienden a arruinarse sus vidas por padres idiotizados de cansancio y faltos de posibilidades, que no los educan ni contienen adecuadamente. Los jóvenes dejan de molestarse en tratar de obtener una excelente formación, por inaccesible y faltos de expectativas legítimas para su futuro laboral, que es de mínimo rendimiento y se vuelven cargas sociales que se suman a las familiares y del estado. Se pauperiza y decae toda la sociedad en conjunto.

¿De quién/es es la culpa? Principalmente de dos sectores: El de los excesivamente ambiciosos egoístas, que no retornan al excedente de sus ganancias en legítimo beneficio de la sociedad que se las generó, promoviendo el bienestar del conjunto, fomentando auténtico equilibrio social. Como de los funcionarios de gobierno que no prestan la debida atención a estos factores, permitiendo que la sociedad que dirigen se deteriore a estos extremos, que no pasarán sin serias consecuencias en el mediano y largo plazo.

_________________
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Tú ¿estás haciendo algo por cambiar positivamente a la sociedad,
para que no haya tanta injusticia y desequilibrio social?
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