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La Felicidad de la Tristeza

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La Felicidad de la Tristeza

Mensaje  navelegante el Miér Nov 03, 2010 10:41 am


LA FELICIDAD DE LA TRISTEZA

Aquel estanque era ovalado, casi perfecto en su forma. Sus dos orillas dibujaban el mismo arco en una curva abierta y extensa, y estaban dispuestas en una simetría casi absoluta, una frente a la otra. En ellas crecían unos juncos largos y delgados, ligeramente curvados en sus extremos superiores, de tal forma que parecía que un viento invisible, áspero e insistente, les obligara a adoptar aquel porte forzado pero a la vez elegante.

En uno de los puntos donde se unían ambas orillas, a mi derecha, había una roca que protegía la caída de un fino hilo de agua de un manantial que alimentaba día tras día y noche tras noche al estanque.

Más allá de la orilla que ahora veía frente a mí, se levantaba un ligero promontorio cubierto de marañas oscuras y enrevesadas. No sentía ninguna atracción por aquel lugar. Mi verdadera inquietud se hallaba detrás. Así pues, como muchas otras veces, me di la vuelta y asomé lo que pude por el borde de la orilla, mirando a través de los juncos: desde allí apenas podía vislumbrar una extensión de tierra de arena gruesa y reseca, de color ocre y rosado, quizá pálido, conformada por numerosos senderos… más bien surcos, diría. Su forma ondulada y ligeramente convexa, como si fuera un enorme canto rodado, casi plano, me impedía ver su verdadera extensión.

Pero más allá de lo que alcanzaba ver… debía haber algo. Sin duda había algo. Aquel extraño páramo me causaba ansiedad e inquietud; no era miedo ni temor, sino una sutil excitación. Pero no conocía la razón de ese sentimiento. Sólo sabía que mi destino estaba de algún modo ligado a aquel lugar y que sería cuestión de tiempo poder averiguar el por qué.

Ahora a mi izquierda, un poco más allá de la roca del manantial, se elevaba un promontorio que ascendía gradualmente a medida que se adentraba en el páramo, alejándose, y allá parecía que terminaba por quebrarse en una cima lisa y redondeada.

Quizá todo lo que estoy diciendo no sea más que parte de mis sueños. Sólo muy contadas veces despierto unos instantes para contemplar el páramo, pues mi existencia consiste sólo en un descanso plácido, mecida en la tranquilidad del estanque, diluida en su quietud. En mi continuo adormecimiento muchas veces tengo sueños extraños: las dos orillas se mueven y se acercan, se tocan y vuelven a alejarse, y yo me dejo llevar en su vaivén sumida en una especie de hechizo, y en el agua clara un reflejo circular se mueve rápido como un pensamiento. Arriba, en mi confusión entre el sueño y la consciencia, creo ver un cielo de nubes rápidas y confusas de muchos colores. Ése es mi mundo incierto e inconcreto. Y ésta soy yo.

El día en que todo ocurrió me encontraba en mi orilla dormitando. Estaba teniendo los sueños de costumbre cuando un rumor sordo y apagado, pero evidente, hizo que me despertara. Nunca hasta entonces lo había hecho con tanta certeza. El ruido provenía de las entrañas de la tierra, más abajo aún del fondo del estanque, quizá incluso desde más allá del páramo. Después todo retumbó y se escuchó un estruendo claro. A mi derecha el hilo de agua creció, y en pocos segundos comenzó a salir agua a borbotones. Quizá algún río más allá del promontorio se habría desbordado por las lluvias de aquella tormenta y ahora venían a inundar el estanque.

El nivel del agua comenzó a subir y pronto me encontré a la altura del borde de la orilla. Mientras tanto los truenos de la tormenta seguían azotando el aire y la tierra como si fueran espasmos desgarrados. No sentí temor alguno al concebir la posibilidad de verme arrastrada hacia el páramo, y no tardé en gozar de esa realidad. El estanque se desbordó, y en la crecida me dejé llevar sin oponerme. Atravesé los juncos y accedí al páramo. En mi propia excitación me sentí llamada por alguna voz allá a lo lejos como si tirara de mí con una fuerza imparable. No era yo quien avanzaba, no era mi voluntad, pero sí estaba convencida de que existía una razón por la que debía aceptar aquella aventura, y yo lo hacía con absoluta complicidad, rendida a mi destino. De hecho, mi voluntad se hizo cómplice de él, el destino que tantas veces me había inquietado y al que ahora me acercaba como si me deslizara por una ladera empinada y nevada, sin obstáculos, casi como si me hubiese rendido a una caída al vacío.

El fragor de la tormenta aumentaba, y con él mi ansiedad. Los rugidos eran claros, discontinuos, atronadores. Aunque siempre iba hacia delante, me dejaba llevar zigzagueando por entre los surcos marcados de aquella extraña llanura terrosa.

Entonces miré a un lado y vi a alguien que intuí era igual que yo, o al menos tenía una apariencia asombrosa. Corría también en frenética carrera, y avanzaba más rápido aún que yo, dejando sus huellas tras de sí. Miré hacia atrás y observé que mis huellas también estaban allí, y más atrás en el borde del estanque seguía desbordándose el agua. ‘¿Sabes qué está ocurriendo?’; me preguntó; ‘No’, respondí, ‘aunque siento una curiosidad insaciable por saberlo’; ‘Dicen que nadie lo ha sabido nunca’; me comentó, ‘y que si alguien lo supo alguna vez, no pudo volver para contarlo.’

No pudo decir nada más, porque una repentina y extraña sombra se la llevó consigo no sé adónde, y desapareció. Sin embargo, pude ver que más atrás llegaban otras como ella que seguían sus huellas.

Continué corriendo, siempre en paralelo al cerro que se levantaba a mi izquierda. Pero mi entusiasmo ya se había convertido en temor. Quería llegar hasta el final y al menos conocer lo que no conocía sin importarme si podía contarlo alguna vez o no. Pero para ello debía intentar evitar aquella terrible sombra como fuera, porque estaba convencida de que si no era así mi existencia habría sido un fracaso absoluto. Mi temor aumentó cuando observé que a cada zancada que daba me sentía más débil, más falta de peso, más ligera. Tenía la sensación de que mi propio cuerpo estuviera menguando a la par que mis fuerzas, y los ruidos de la tormenta aumentaban, y la tierra parecía que iba a desgarrarse de un momento a otro.

Sobrepasé la cima redondeada del cerro. Tal como había pensado siempre, allí la elevación quebraba bruscamente en una pared. Allí en la base se abrían sendas cavernas oscuras, y un poco más adelante, en el propio suelo, vi lo que quizá fuera una caverna aún mayor delimitada por dos extensas dunas que le daban una forma ovalada como la del estanque, y de ella escapaban y entraban aires, ráfagas y vientos furiosos, y salía el sonido ronco de los estruendos de la tierra.

Poco más pude ver, pues ahora de repente me precipité aún más rápido que antes, e incluso llegué a sentir el vértigo. ¡Quizá estaba llegando al final del camino! Al menos había llegado hasta el límite que alcanzaba ver desde el estanque. Sentía que mi destino estaba ya próximo a cumplirse. Miré de nuevo atrás. Ya no veía el estanque, pero si vi de nuevo a la sombra barrer la llanura como un huracán.

De repente… me detuve. Quedé en suspenso por un momento, al borde de un barranco. Me sentía desfallecida. El último esfuerzo quizá había terminado por desgastarme, aunque aún pude observar la pared vertical que tenía bajo mis pies. ¡Me sentí feliz! ¡Aquel era el lugar que buscaba! Por primera vez obligué a mi voluntad a hacerme avanzar y me lancé yo misma por el borde…

Mientras me deslizaba por la pared me empapé del rumor que surgía del otro lado, perdida entre una tormenta de ecos de lamentos y de desgarros, embriagada en mi felicidad al haber encontrado el sentido de mi existencia. Y apenas sin reparar en el final, me consumí… ¡llorando!

Dicen, como me dijo la lágrima que desapareció en aquella sombra, que ninguna puede contarlo. Pero todas las lágrimas, incluida yo, han soñado alguna vez su propia vida, dormitando allá en su estanque. No obstante, si ninguna lo ha contado hasta ahora es porque… nunca han creído que una lágrima pueda alcanzar la felicidad.

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Re: La Felicidad de la Tristeza

Mensaje  Lighthunter el Jue Nov 04, 2010 4:40 am

Aplauso Nave, no voy a decirte que he llorado de felicidad, pero me gusto, me gusto.

Gracias por compartirlo.
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Re: La Felicidad de la Tristeza

Mensaje  Luzbel Knell el Jue Nov 04, 2010 3:54 pm

Debo admitir que me tomaste por sorpresa. Cuando ví la longitud del texto pensé que te ibas a copar con descripciones que por lo general me aburren (las descripciones demasiado minuciosas no me gustan mucho); sin embargo me atrapaste hasta el final y qué bueno que haya sido así, no me decepcionaste para nada, al contrario, "sobrepasó mis expectativas" (como ponen los maestros en los boletines escolares, obvio, yo no soy maestra).

Muy hermosa historia, la verdad me encantó abrazo .
teSuer!!!!!
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Re: La Felicidad de la Tristeza

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