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Para entender a la Argentina y a los argentinos

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Para entender a la Argentina y a los argentinos

Mensaje  Don Sapo el Dom Mayo 08, 2011 9:33 pm


A raíz de la pregunta comentario de un miembro europeo de Centáurea 0, recordé que para muchas personas los argentinos somos una curiosidad, o rareza, en detalles de conducta y mentalidad. Muchas veces me preguntaron o pidieron que intentara definir a los de mi nacionalidad. Esta vez, intento responder por escrito, en lugar de hablado, con la esperanza de poder satisfacer a muchos de modo lo más claro, conciso y objetivo que me resulta posible. Ustedes dirán si lo he logrado, o no, y hasta qué punto.

Como todo país, la Argentina tiene su matiz propio, como un sello que marca la personalidad o forma de ser de sus habitantes en detalles que otros suelen notar fácilmente, menos los que los tenemos, porque es como con las marcas en el rostro, las ven todos menos el que la lleva, salvo que se mire en un espejo, que es lo que intentaré describir. O peor aún: como las costumbres propias de cada familia, que no solemos saber diferenciar bien cuáles son realmente únicas distintivas de las que son comunes a todas las demás.

Para comenzar me resulta forzoso hacer una muy apretada síntesis de ciertas características de la historia nacional. Hay que consustanciarse y tener claro que es la zona o región más alejada del planeta para la cultura occidental e incluso oriental. Lo que vulgarmente se denomina “el culo del mundo”.

Por esta razón, entre los colonizadores, el venir aquí era tomado más como un castigo, un destierro a los confines del mundo, donde no había más que “desolación”, repleta de nativos “bárbaros” y poco amigables a la cultura occidental.

Pero era la “puerta trasera” o alternativa para acceder al subcontinente americano sur, ya que la gigantesca selva amazónica impedía el acceso a los caminos del oeste, cercanos a la cordillera de Los Andes.

De este modo, el grueso de tráfico y mercancías pasaba por México o Venezuela, quedando Argentina (Más precisamente Buenos Aires) como la variante incómoda y larga.


Vista aérea de Buenos Aires, con el obelisco. Auténtica jungla de cemento por su cantidad de edificios de 10 o más pisos de altura casi sin espacios verdes

Así, por tal marginación constante, de vivir siendo pospuestos prácticamente para todo, era de lo más lógico que los primeros colonos se sintieran resentidos y deseosos de liberarse del vasallaje económico que les imponía España, detestando la idea de someterse similarmente a otros como Francia; Inglaterra y hasta Portugal.

Así nació el movimiento independentista, entre las personas más influyentes o que más “sangraban” económicamente por el vasallaje que no les redituaba ningún beneficio especial y comenzó a proliferar el contrabando y mercado negro, como forma de negocio independiente.

Finalmente, las familias más influyentes o poderosas de la región, lograron ponerse de acuerdo en una cosa básica: Independizarse por la fuerza. Y terminaron lográndolo gracias a muchísimos caudillos, entre los cuales se destacaron mucho por su rol: Manuel Belgrano, José de San Martín y en el extremo norte de Sudamérica, Simón Bolívar.

Fue un verdadero problema lograr ponerse de acuerdo, después de la independencia, en cómo organizarse económica y políticamente, pues nadie quería quedar sometido a otro vasallaje, esta vez de tinte localista. Sobre todo cada región, más bien terratenientes o poderosos, que querían el poder para sí, o no tener que someterse a otros, sobre todo alejados.

Así fue como pasaron varios años de luchas internas por el poder, políticas, armadas y combinadas con traiciones o asesinatos confabulados, hasta que se terminaron de conformar los diversos países sudamericanos (excepción de Brasil, que siempre tuvo una historia diferente y marginal del resto, por su definido origen colonial portugués, prácticamente aislado de los demás por la densa selva amazónica).


La contracara de la gran ciudad: las villas miserias. Improvisadas como se pueda
en un laberíntico hacinamiento repleto de carencias y suciedades

Lo más importante: Comprender que finalmente, el poder y gobiernos quedaron en manos de los más hábiles entre los poderosos, que no eran los más altruistas, como suele suceder en casi toda historia territorial humana.

Desde entonces, Sudamérica toda pasó a ser zona de feudalistas que se las daban de demócratas, pero eran harto subjetivos y egoístas manipuladores. Escindieron a la población sobreviviente de las batallas, en “sirvientes” por un lado y “con cierto poder o influencia” por el otro.

A los “sirvientes” con frecuencia les obligaban a asistir a las votaciones, pero imponiéndoles por quién votar o con fraudes de toda clase ¡si es que los tenían en cuenta! El “voto democrático”, era obligado hasta por la fuerza, ya que es la forma de dirimir quiénes “robarán” con impuestos el próximo lapso (la clase “trabajadora” (empleados, cuentapropistas y comerciantes en general) rara vez se beneficia, y de modo irrisorio, con retornos en obras o servicios de lo que aporta al estado), a la vez que legitimar técnicamente ante todos, sobre todo ante otros países, al sector o cofradía política con derecho a “reinar” recaudando impuestos que “invertirán” caprichosamente en las obras públicas que más convengan a los intereses de esa cofradía particular.

Como los territorios eran gigantescos y agrestes, en la Argentina se alentaba la llegada de inmigrantes como mano de obra económica, muy necesaria para atender tan grandes extensiones de tierra como se habían repartido los vencedores. Especialmente, para poder enrolarlos como soldados en continuar “conquistando” nuevas, que aún estaban “vírgenes” en poder de las tribus nativas.

Pocos lograban escapar a las veleidosidades de los grandes terratenientes, de enrolar a los hombre durante años y por la fuerza en el ejército (como “condena legal” a delitos fraguados, para que terminen muriendo en combate) y quedarse con los bienes del que comenzaba a afincarse o tenía una mujer (o hija) muy deseable a sus apetitos, que quedaban desprotegidas y hasta en la miseria más absoluta.

De este modo siempre hubo dos castas: La de los poderosos que vivían recelando y compitiendo entre sí, a veces aliados, otras enemigos (como acontecía también en la realeza europea en general) y “el resto” de habitantes comunes o “plebe” (plebeyos); cuyo principal interés era poder rehacer sus vidas con cierta dignidad y tranquilidad, EN PAZ, por hartos de guerras y matanzas que dejan más sabor amargo que otra cosa, porque salvo excepciones puntuales de defensa legítima, siempre se pierde más de lo que se gana, sobre todo los que verdaderamente combaten y arriesgan sus vidas.

Recién en el siglo XX hubo dos grandes hitos muy evocados por los argentinos, por presidentes que intentaron ser más justos con el pueblo y lograron algo significativo en tal sentido: Irigoyen (muy cuestionable en su óptica y logros) como después Perón, sobre todo gracias a su mujer Evita, de origen muy humilde que lo influyó terriblemente y gracias a la cual nació el “justicialismo” más conocido como “peronismo”, y también muy cuestionable en infinidad de detalles. (Habrá quienes consideren importante a Illia, pero su gobierno y logros terminaron siendo más intención que otra cosa, ya que quedaron deshechos rápidamente).


El tomar mate, la bebida digestiva, revitalizadora y muy económica que permitía calentar y engañar las tripas en esa vastedad del campo, a la vez que mojar la garganta. Es símbolo de compartir lo poco que se tiene, de estar hermanados.


El factor cultural de la población

Si tenemos claro a lo anterior, resulta bastante fácil comprender que la población verdaderamente nativa sobreviviente, eran considerados casi como esclavos resentidos e inadaptados. El grueso del “resto” de la población, eran inmigrantes de diverso nivel cultural que tenía serios inconvenientes en el dominio del idioma, por lo cual eran muy manipulables, ya que con frecuencia se les imponía “aquí la ley es diferente y se hace lo que yo digo”.

De este modo, entre los mismos inmigrantes (mayoría absoluta en las grandes poblaciones o zonas más “civilizadas”) quien conocía “quién es quién” y dominaba bien al idioma, si tenía suficiente picardía, podía lograr beneficios hasta gigantescos, abusando del desconocimiento de los foráneos. Pasar a ejercer la políticos o funciones públicas, era tan sólo una alternativa de estabilizarse o enfrentar “desafíos mayores”.
Este detalle de tener tantos inmigrantes a la vez que pícaros oportunistas, impuso casi como un “deporte nacional” (más bien “necesidad de supervivencia”) al constante desarrollo de la precaución y consustanciación máxima con el entorno y posibles detalles escondidos, a saber “leer entre líneas” y percibir connotaciones ocultas.

En Europa, tras la independización generalizada de Centro y Sudamérica, la falta de ingresos de gigantescos tributos y recursos muy baratos, produjo un caos económico que forzó más guerras y miserias, sobre todo las revoluciones para liberarse de la opresión aristocrática e imponer las democracias (salvo Rusia que, más tardíamente, se fue al extremo comunista, pero también originó un gran movimiento migratorio, como las posteriores guerras mundiales). Por esta razón, es que comenzaron a llegar a América mayores cantidades de inmigrantes europeos, que buscaban la posibilidad de una mejor vida en el “Nuevo Mundo”, que ¡tanto había manado (más bien sangrado) oro y plata, como productos de toda clase! Era considerado casi como un vergel de abundancias (que en parte era cierto, pero no como lo describían); sobre todo en la Argentina, cuya denominación del Río de la Plata, ya era harto sugerente y tentador para emigrar.

Aún de niño oía con frecuencia a extranjeros de paso, o inmigrantes no muy consustanciados con el país y sus cosas, expresar asombrados que no entendían cómo, en un país donde la tierra es tan fértil, que basta arrojar semillas para que crezcan solas, pudiera haber tanta marginación y pobreza estructural. Es la primera y más grande paradoja argentina (y americana en general) ante la visión de los foráneos.


La parte bien conservada del barrio de La Boca, cuyo colorido se debía a aprovechar los restos de los botes de pintura de barcos y en cierto modo alegorizan la diversidad cultural en la pobreza

El meollo de la mentalidad y costumbres

Durante toda la historia de la Argentina, hubo grandes oleadas de inmigraciones, en un principio sólo europeas, pero luego de todas partes. Personas que llegaban con más esperanzas y ganas, que equipaje y preparación o consustanciados de “dónde” (clase de costumbres y mentalidad) llegaban realmente. Gente que llegaba decidida a quedarse, por considerar que en sus lugares de origen era imposible poder continuar a rehacer sus vidas y lo habían apostado a todo en radicarse en la Argentina.

Así, aunque hubieren llegado con considerables bienes y fortuna, la falta de conocimiento del idioma y costumbres locales, sobre todo de cómo manejarse realmente, en general les hacía víctimas fáciles de pícaros oportunistas, quedando rápidamente reducidos a inmigrantes pobres que dependían de la solidaridad ajena para la supervivencia. Familias enteras con niños pequeños dependiendo de la compasión de terceros.

¿Cómo otros, que ya sabían claramente lo que era pasar por tal situación, no iban a compadecerse e intentar dar una mano a los estafados, por más que fueran tan diferentes como judíos de católicos, turcos de polacos, españoles de japoneses, etc?

La solidaridad hacia los pobres recién llegados pasó a ser algo de lo más común en la clase realmente trabajadora honesta y ¡la predicaban con el ejemplo mayoritario! Porque los gobiernos, instituciones y políticos en general, era raro que prestaran atención a otra cosa que sus propios intereses, que pasaban más que nada por legislar a favor de prebendas para sus propias actividades económicas. Los políticos en la Argentina (y América en general); siempre fueron la “casta aparte” de los poderosos, o sus leales sirvientes esperanzados de la dádiva y el acomodo por su servicio. La inmensa mayoría de los argentinos lo tienen claro a eso, pero prefiere considerar que, en cada elección, “esta vez será diferente”. Más por necesidad interna de creer en el país, que en las promesas políticas de la ocasión.

La ciudad y puerto de Buenos Aires, durante más de un siglo y medio fue constante puerta de entrada al subcontinente considerado “un mundo diferente”, con tierra generosamente fértil y abundante, donde se pueden integrar y convivir pacíficamente los inmigrantes de cualquier parte del planeta.


Otra vista de las cercanías del barrio de La Boca, de las viviendas que no se muestran al turismo y cuyos habitantes no consiguen ni restos de pintura de barcos para su mantenimiento.


Lo que descubrían al llegar, era que la tierra tenía dueños muy egoístas y desaprensivos, siendo carísimas las parcelas bien ubicadas para viviendas y, el trabajo para tener con qué vivir, tan escaso como mal pago para quienes no estaban “acomodados” con algún influyente funcionario o empresario. Que la corrupción y el amiguismo eran la “llave maestra” para lograr una economía verdaderamente próspera, salvo que haya tenido la “suerte” de haber podido llegar con suficiente capital para iniciar un emprendimiento válido y ¡saber conservarlo y utilizarlo sensatamente, sin que lo estafen antes! (O tener un talento e ingenio muy destacado, además de fortaleza y paciente constancia de buey).

Por esta razón es que básica y tradicionalmente hubo dos clases de argentinos en la población masiva (aparte de la casta dominante de terratenientes y políticos a su servicio): Los trabajadores honestos y solidarios, que sabían perfectamente lo que era ser inmigrante, así sea por los relatos de sus padres o abuelos, que siempre fueron la mayoría; más los pícaros oportunistas que decidieron que la mejor forma de vida era aprovecharse de los recién llegados, poco prevenidos de la situación y con escaso dominio del idioma, sin tener familiares o verdaderos amigos orientadores de cómo manejarse.

Pícaros que, luego, continuarían haciendo de la picardía su modo de vida y, de ese modo, obligando al resto de los habitantes a vivir manteniéndose lo más y mejor informados posible de cada nuevo “cuento del tío” y modalidades de estafas que surgían, además de oportunidades legítimas de trabajo o negocio.

Reitero: En un país donde las oleadas inmigratorias han sido tan constantes como abundantes y variadas, las oportunidades para los pícaros no mermaban más que momentáneamente y, el grueso de la población, tenía que vivir aguzando el ingenio y la mente al máximo para poder consustanciarse de cada vez más detalles inherentes a no perder calidad de vida, o para enterarse y poder aprovechar oportunidades con personas de cultura y costumbres diferentes, que difícilmente supieran expresarse adecuadamente en español y modismos locales.

Por esta razón es que Buenos Aires, en general, acaparó al grueso de la población y actividades importantes del país. Las oportunidades más abundantes se hallaban donde más gente y movimiento había. Sobre todo donde quedaban varados los estafados y obligados a hallar una forma de rebuscarse la vida para sobrevivir honestamente. Siendo explotados por la sobreoferta de mano de obra y teniendo que aguzar su ingenio al máximo si es que querían poder independizarse y progresar económicamente de algún modo, en algo que no estuvieran haciendo u ofreciendo otros y más barato.

Esto es lo que, a mi criterio, dio forma al estilo y particularidades propias de la Argentina y los argentinos. La necesidad de supervivencia en el desamparo oficial e institucional (siempre manipulado y saturado en sus cupos o posibilidades), teniendo que consustanciarse de mucho en poco tiempo y aguzando el ingenio al máximo, con la única (y tan frecuente como importante) ayuda solidaria de los demás ciudadanos comunes que, entre ellos, se entremezclaron siempre los pícaros oportunistas, como lobos con piel de cordero, aprovechándose de la gran diversidad de culturas y costumbres para sus picardías.

¿Cómo no serán los habitantes promedio de este país, personas harto tolerantes en infinidad de cuestiones, acostumbrados a tener una mente ágil y abierta a incorporar más variables y posibilidades alternativas, muy acostumbrados (por necesidad de supervivencia) a aguzar el ingenio al máximo y, a veces, tentados a caer en picardías muy fáciles y tentadoras, que tan mala reputación nos ha conseguido con muchos de otros países? No suele ser maldad propiamente dicha, ni tampoco ambición desmedida. Por lo general es como dije: Picardía de mentalidad típica de adolescentes (e inmaduros) traviesos. Sobre todo, por tener el pésimo y sempiterno mal ejemplo de los poderosos de turno, especialmente funcionarios públicos de la casta política. (Que hay excepciones, pero son eso: Excepciones que casi nunca puden lograr nada por contrariar a los intereses de la mayoría corrupta o, como mínimo, tendenciosamente subjetiva a beneficiar injustamente ciertos sectores específicos).


Ilustración de lo que era una escena típica: La "chinita" (mujer del gaucho) dándole el último mate mañanero, cuando ya está montado y listo para comenzar la dura jornada

Aclaro: El último golpe de estado y dictadura, que rigió desde 1974 a 1985 inclusive; cambió mucho a la mentalidad y costumbres del grueso de la población, ya que lo que realmente pretendía la dictadura, y logró en gran medida, fue eliminar a todo posible futuro cabecilla o líder popular. Crear una masa social rebaño dócil, como gusta a los grandes terratenientes de este país, incentivados y apoyados por los USAdores en casi toda Sudamérica de los ´70 y ´80.

Por eso es que la población argentina ya no es tan como la describí. Han logrado imponer mucho a la mentalidad de rebaño obediente y se han agotado el grueso de las picardías posibles que ignoraba un gran sector de la población.

Sí, aún quedó bastante de lo descrito en un alto porcentaje de la población porque, como yo, somos hijos (y nietos) de inmigrantes que tienen bastante claro lo que pasaron nuestros padres (y abuelos) e intentamos que no se pierdan las cosas positivas de nuestra idiosincrasia y cosmopolita ser nacional de “crisol de razas” policultural.


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