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Sin horario laboral

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Sin horario laboral

Mensaje  remago el Sáb Mayo 14, 2011 7:11 am

Sin horario laboral


La cola de gente a sus espaldas se iba haciendo más y más larga mientras la cajera le ayudaba a ir llenando bolsas. -De los quinientos mil nuevos empleos generados con que la tv dice haber disminuido la cifra del paro, ninguno ha sido destinado a este supermercado – pensó Alicia, al tiempo que se esforzaba en meter los congelados en una misma bolsa, a pesar de la aparente oposición de la cajera.
A su lado, Beethoven le daba golpecitos con el sonajero desde su carrito de bebé; avisos de alarma en su corva izquierda le hicieron girarse hacia la criatura, mientras movía en el aire negativamente una lata de sardinas del cantábrico:- No, no, no, no, vida mía, golpecitos a mami, no- e intentó desviar los ataques sonajeriles.
- Guufita badi blimcás- opuso el enano con rapidez y convicción.
- Hay cola, señora – dijo un jubilado a su espalda - ¿puede usted concentrarse y no perder tiempo?.
-Señorita Vanessa, señorita Vanessa – anunció acercando los labios al micrófono la cajera- acuda a la caja número 2. Miró reprobadoramente al jubilado y se equivocó al teclear el código de los espárragos trigueros.
- Aquí huele a caca, mamá. – dos lugares más atrás del jubilado, un niño arrugaba, exagerado, la nariz y estiraba de la falda a su madre.
-¡¡¡Ay, dios mío, Beethoven...!!! ¿te has vuelto a manchar el paquete??- Alicia entregó la tarjeta a la cajera, sin que ésta, ensimismada en la rectificación de claves, le hiciera el menor caso.
Cansada de mantener la tarjeta al aire, la dejó sobre la superficie metálica, junto a las bolsas, y se agachó consternada hacia el niño al ver que éste había encontrado nuevas alternativas para el uso del sonajero.
La señorita Vanessa observó aturdida como la cola en bloque se trasladaba a su caja a medida que sus componentes se acercaban al lugar en que Alicia sostenía en la mano una cosa de plástico celeste embadurnada en su mitad mas delgada con pasta de color indefinido y olor inconfundible.
Negándose en redondo a distraerse del complejo cambio de códigos, la cajera indicó con una seña afirmativa a un recién llegado que sí, que podía coger una bolsa de plástico de las que allí había y simuló no ver las indicaciones que con su mano libre le hacía Alicia, señalando una de las suyas, cercana a la dependienta, en la que asomaban rollos de papel de cocina.
El niño de sensible pituitaria, desde la cola de la señorita Vanessa, procedió a sacar del carrito de la compra un spray ambientador con aromas de pino mediterráneo y antes de que su madre, hermosa y pechugona, y cuyo lugar en la cola estaba justo ante un espejo, se pudiera dar cuenta de nada, apretó furiosamente el spray sin fijarse en la ubicación del agujerito expulsor.
-Sujete a ese niño, por dios- gritó a su lado una funcionaria de Patentes y Marcas, pasándose compulsivamente un pañuelo por la cara- me está dejando ciega.
Alicia, cual blasfema Madonna, representó brevemente una crucifixión, un brazo alargado para separar de su cuerpo la mano que sostenía el sonajero; el otro, estirado al máximo para llegar hasta el rollo de papel. La cajera le preguntó a la señorita Vanessa si el código de espárragos era subcódigo de verduras y legumbres o de envasados y ultramarinos; la señorita Vanesa miró hacia su larguísima cola; después - con expresión de odio- a la inexistente de su compañera, e hizo como que no le oía: veinticinco con trece, señora- dijo girándose a una clienta.
- La Naturaleza – reflexionaba Alicia intentando poner orden en el desaguisado de su retoño - es muy sabia al proveernos de instintos tan profundos respecto a nuestras crías: sin esos instintos irracionales, los entregaríamos en más de una ocasión, sin el menor escrúpulo, a manos de Al Qaeda o de algún periodista de la prensa rosa. ¿Qué sería entonces de la especie?
Cuando le pareció que su tarea de emergencia le permitía ya enfrentarse al mundo hostil del tráfico ciudadano con un mínimo de garantías, abrió una sonrisa de película, falsa y bien intencionada, en dirección a la cajera; la cual, desenmarañada la trampa de códigos y subcódigos, la recibió con otra muy similar.
Así quedaron durante unos segundos las dos. A nadie se le ocurrió hacerles una foto en ese momento, siempre captamos esas ocasiones demasiado tarde, o bien no llevamos la cámara encima en ese preciso momento.
- Mi tarjeta- dijo al fin, Alicia
-Como prefiera- contestó, amable, la cajera
-No, como prefiera, no. La tiene usted
-¿Yo? No, señora.
- Se la he dado hace un momento.
- De eso, nada.
-¿Cómo que no?
-¡¡¡Como que no...!!!
Las amables sonrisas estaban siendo reemplazadas por miradas duras y frías como el acero.
-Se la llevó un señor – apuntó (chivato en su colegio, metomentodo en la calle) el niño del spray- yo le vi coger una bolsa de plástico vacía y la tarjeta- Y señaló, detrás de la puerta abierta, hacia la lejanía.
- La Virgen del Santo Rosario – Alicia se llevó las manos a la cabeza; retiró con rapidez la izquierda, recordando sus recientes manipulaciones y añadió – en metálico sólo llevo...espere...doce...catorce euros y céntimos. ¿cuánto sube mi cuenta?
Se restableció la sonrisa de la cajera, esta vez con un visible trazo de superioridad y conmiseración – cuarenta y ocho euros y sesenta y siete céntimos, señora.

* * * * * * * * * * * * * * *

¿Beethoven?- El comisario dejó de tomar notas, levantó la vista del papel y enarcó las cejas buscando en la cara de Alicia indicios de que le estaban vacilando.- ¿Su hijo se llama así?
- No, claro que no, perdone; se llama Jesús Mari pero ese nombre se lo pusimos por causa de mi padre. Entre que a mi marido no le gusta mucho y que el niño es bastante cabezón, le llamamos así, familiarmente.
-A ver, señora – la mirada suspicaz no había desaparecido por completo del comisario – recapitulemos: viene usted a denunciar el robo de una tarjeta de crédito y de un bebé cabezón al que llaman Beethoven. La tarjeta se la robaron en un supermercado y al niño se lo llevaron cuando usted estaba dando aviso al banco para que le bloqueasen la tarjeta. ¿Ha venido usted en coche?
-Sí, claro – ahora era Alicia la desconcertada - ¿Qué tiene eso que ver?
-Nada, señora, nada...pero va usted describírmelo y proporcionarme el número de la matrícula: enviaré un agente a vigilarlo de cerca mientras usted termina su declaración. Hay que ver la mañana que lleva usted...


* * * * * * * * * * * * * * * *

Dos horas más tarde, con Beethoven durmiendo plácidamente en su cuna, Alicia recordaba la expresión de aquel vejete, los ojos perdidos en el vacío, repitiendo "dejad que los niños se acerquen a mí" una y otra vez, mientras un enfermero del Asilo le acompañaba escaleras abajo y un agente de policía disfrutaba como un bobo comprobando el automatismo a través del cual, cada vez que le daba con un dedo a Beethoven en la barbilla, éste rompía en carcajadas asombrosamente estruendosas para tan pequeños pulmones.
Finalmente, con mal disimulada nostalgia, el agente había devuelto la criatura a su madre y ahora, ya en casa, todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Hasta cierto punto.
Porque entre una cosa y la otra, se habían hecho las doce y media. David iba a llegar a las dos, con el tiempo justo para comer juntos, y recuperar, con su tradicional sobada de diez minutos en el sofá, la energía suficiente para volver al trabajo. Y Alicia ni siquiera había entrado en la cocina.
Hacia allá se dirigía haciendo memoria, por el pasillo, de lo que habían comido los dos o tres últimos días; para introducirse de inmediato en la maravillosa actividad intelectual de imaginar qué podía cocinar ese día.
Entonces sonó el teléfono.
Volvió atrás corriendo, el cuarto del crío estaba muy cerca de la sala y del dormitorio de sus padres, las dos habitaciones sonaban en estéreo hacia la cuna de Beethoven, y si algo no le apetecía en esos momentos a Alicia era que le despertasen al niño.
- ¿Sí, dígame?
-Hola, Alicia, soy Carmen
-Hola, cielo...¿cómo está mi hermana preferida? Perdona, pero...¿te importa que te llame más tarde? Voy un poco...
-Sólo te llamo para despedirme, Alicia
-¿Despedirte... A dónde te vas?
- A suicidar.
-Eso no es un lugar, perdona...¿cómo?¿qué has dicho???
-Voy a suicidarme, Alicia; he descubierto lo tuyo con Gabriel. Os quiero a los dos y nada en este mundo me hará interferir...
-Carmen, tesoro ¿de qué cojones estás hablando? Mira, de verdad, he tenido una mañana espantosa y voy escopeteada.¿Podemos hablar más tarde? Quiero decir...debe darte igual suicidarte antes que después de comer, supongo. Luego te llamo, rica ¿vale?
-Ya veo que no me tomas en serio; nunca lo has hecho, por otra parte: recuerdo aquella vez, cuando lo de la fiesta de fin de curso...
-Carmen, por tus muertos, que de veras que ahora no tengo tiempo. Además ...¿quién narices es Gabriel?
-¿Que quién es Gabriel??? ¿Es posible que tengas la desfachatez...?- El agudo cambio de registro a la altura de la "chatez" final le hizo comprender a Alicia que venía la conocida avalancha de sollozos, hipidos y palabras entrecortadas que no entendía ni su madre, sin descartar la posibilidad de algún que otro aullido.
-Comerás bocatas, David, te pongas como te pongas, es mi hermana- pensó en su fuero interno; en el plano externo decidió que, vista la contingencia, era mejor encender un pitillo y acomodarse en el sofá.
- Vamos a ver, rosa de pitiminí- comenzó esforzándose en mostrar calma y comprensión – Deduzco de tus palabras que existe alguien llamado Gabriel, que, eventualmente y durante un tiempo por definir, tiene para ti una importancia coyuntural superior a la media entre los potenciales maltratadores de mujeres y que, por alguna razón, ha entrado en tu cerebro virgen ( que no de virgen) la idea de que yo tengo algo que ver con él...¿voy bien?
De acuerdo con sus peores previsiones, llegó el primer alarido:
- Tengo fotoooosssss...!!!!
-¿Sí? Magnífico. Sube a un taxi y tráemelas ahora mismo. Sin demora. Ipso facto. Ya. Inmediatamente. Ven pitando. Hoy nos toca comer a los tres de pan con sardinas aceitosas.
"Busca siempre el lado positivo de las cosas". Alicia se repetía la frase favorita de su abuela y se dijo a sí misma que puesto que ese día el pienso era lo que era, al menos podía darle un hachazo al montón de ropa pendiente de planchar, quizá bajando su nivel hasta que se pudiera volver a ver el mar a través de la ventana.
Se había hecho ya la ilusión de haber visto pasar la silueta de una gaviota junto a la parte superior del marco cuando llegó Carmen. Después de los primeros minutos de estrecho abrazo, llantina desconsolada, mocos por el cuello e impasibilidad total ante los alternativos insultos que se mezclaban, aquí y allá, con el llanto de su hermana, Alicia detuvo su secuencia de palmaditas en la espalda y se la llevó al dormitorio de los invitados, habilitado en ausencia de estos como cuarto de la plancha.
- Siéntate ahí – le señaló la cama – y despáchate a gusto respecto a ese Gabriel y tus furores uterinos mientras me harto de planchar, que ya falta poco; luego me enseñarás las fotos.
Alicia siempre había envidiado las largas piernas de Carmen, lo cual no resultaba sorprendente, hablando con ecuanimidad; lo curioso, si acaso, era el hecho de que no encontrase obstáculos para aceptarlo así. En realidad, toda Carmen, toda ella, era una mujer de bandera y a su hermana le semejaba normal, comprensible y humana su propia reticencia a admitir que envidiaba todo su aspecto físico. Quizá soy mas receptiva a la realidad de sus piernas porque es la parte más alejada del cerebro- reflexionó- la mente hace cosas extrañas e incomprensibles.
Los grandes y hermosos ojos de la futura suicida renunciaban todavía a detener su protagonismo acuoso. Alicia conocía bien a Carmen y sabía que el mejor acicate para que empezase a hablar era no mostrar prisa alguna en escuchar, de manera que se concentró en pasear lentamente el extremo más puntiagudo de la plancha alrededor de un cocodrilo verde, en la camiseta del pijo de su marido.
-Le conocí por casualidad- comenzó su hermana mirando hacia ella para leer en su rostro la conveniencia o no de acompañar su relato con gemidos. El resultado de su investigación la llevó a la conclusión de que no valía la pena el esfuerzo y pasó a un tono de relato desapasionado.
-Nada más verle comprendí que es el hombre de mi vida- continuó- Es increíble, pero su misma forma, ya ves tú, de meter el pescado en la bolsa de plástico y anudarla antes de entregártelo, con esa mirada...
Alicia soltó un alarido cuando la plancha aterrizó sobre su pie derecho- Ese Gabriel...!!!- gritó entre aullidos- ¿ te has liado con el de la pescadería donde va mamá???
Desenchufó la plancha, que había gritado por su parte con un par de chispazos, se agarró con las dos manos el pie lastimado y Beethoven empezó a llorar.
Mientras lo mecía entre sus brazos oyó a Carmen detrás de ella- Ah, entonces admites que le conoces- decía con voz acusadora
-¿Cómo no le voy a conocer, eres tonta? He acompañado cantidad de veces a mamá a comprar pescado, lo conoce todo el barrio...y perdona que te diga que hay que tener unos buenos ovarios para acercarse a ese tío. Dios bendito, Carmen, ¿es que no sabes quien es ese fulano?
-Pues, reina – aquí apareció la vena irónica ( horrible ) de su hermana. Tan mal
no te debe parecer, a juzgar por estas fotos.
-Vamos a ver las dichosas fotos- a Alicia le dolía el pie y estaba notando que su flema se iba a paseo por momentos. Pero te recuerdo una vez más que si hay algo que no soporto de una persona corta de mente es que se haga la mordaz mientras está diciendo tonterías. Sentó al pequeño, ya calmado, en el parque alfombrado del cuarto. Se volvió hacia Carmen, que tenía dos fotografías en la mano, se las quitó con no excesiva suavidad y las miró.
- La madre que te matriculó...!!! Y se echó a reír.




-No, de veras que no me importa nada comer de bocatas- insistió David- que no pasa nada, mujer.
Se estaba quitando la chaqueta y aflojándose la corbata en el dormitorio; ella le mordisqueaba el lóbulo de la oreja y metía la mano en el bolsillo trasero de los pantalones.
Carmen, en el cuarto de al lado, le hacía cuchi, cuchi, dabada dabada que guapo es mi niño al pobre Beethoven, que intentaba proseguir impasible su estudio de las ondas vibratorias cuando un chupete es sucesivamente aspirado y expulsado con toda la fuerza posible.
-Tengo un montón de cosas que contarte, hoy...Nos han robado el niño, que por cierto se ha puesto perdido en el super, he tenido que bloquear la tarjeta de crédito y he estado en la policía. Y Carmen se quería suicidar un poco...¿Recuerdas- preguntaba risueña Alicia- aquel día que en plena calle, justo delante de la pescadería de donde mi madre, nos pusimos tiernos y ella nos hizo un par de fotos? : A mi madre le gusto más yo que tú, ya lo sabes, de modo que en su esfuerzo por sacarme a mi de frente te sacó a ti de espaldas, ¿vale?. Bueno, pues...

* * * * * * * * * * *


El humor de David nunca era muy bueno, recién salido de la siesta; se roció la cara con agua, se tomó un café cargado, y ya en condiciones óptimas para volver al trabajo, gritó adiós Carmen, acarició a Beethoven con ternura, se apretó el nudo de la corbata y Alicia le acompañó hasta la puerta
Allí la besó y dijo:
- Por dios, no vayas a entender que me ha molestado comer de bocatas, ya te he jurado y perjurado que no es así. Pero la verdad es que a veces me pregunto como es posible que, sin tener horario laboral alguno, a muchas mujeres el tiempo se os vaya de esa manera
-Sí, mi amor, esta noche te lo explico- dijo ella, amagando atacar con garra poderosa la entrepierna de él.
- Él puso cara despavorida y dio un salto hacia el ascensor.


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