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Lo tienes claro en la cabeza, pero no con el corazón

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Lo tienes claro en la cabeza, pero no con el corazón

Mensaje  Don Sapo el Mar Ago 09, 2011 2:45 pm

Una de las cosas que más me costó aprender, es que no basta intelectualizar las informaciones. Ocasionalmente oía que me especificaban:

“Lo tienes claro en la cabeza, pero no con el corazón.”

“A las cosas hay que vivirlas para saber qué se siente.”

También recuerdo cómo, algunos parientes míos, cuando de niño me mostraba reacio a ciertas comidas, exclamaban “¡cómo se nota que éste nunca pasó hambre!”. Expresión que me molestaba terriblemente, porque yo sí, sabía perfectamente lo que es tener esa sensación de una garra retorciendo las tripas y que no suelta. Pero el error estaba en las expresiones. Porque no se trataba de saber lo que es la sensación de hambre, sino de pasar varios días y hasta meses mal alimentado, con la permanente intriga de si se podrá conseguir algo de comer cada día, y una estabilidad que permita la supervivencia. No era al hambre propiamente dicho a lo que se referían, sino a la constante incertidumbre en aflicciones tan severas como no tener qué para alimentarse y lograr continuidad de supervivencia, que permita esperanza de un futuro mejor.

Porque el hambre en sí, pasados unos días, deja de sentirse; ya que el estómago se cierra. Se referían al conjunto de sensaciones e instintos que avasallan a los mal alimentados, junto con el temor a no poder sobrevivir. En tales circunstancias, es muy difícil no animalizarse a extremos del menosprecio absoluto por todo lo que no sea la propia supervivencia o, en su defecto (hay casos así), perder las ganas de vivir y dejarse morir.

Mi padre fue testigo directo de personas que, cuando el tren se detenía ocasionalmente, se atrevían a masticar el pasto duro de las estepas, para tratar de sentir que se alimentaban y, en lugar de ello, intoxicarse y finalmente fallecer. Del largo viaje que duró meses en trenes de carga, fallecieron casi la mitad de los transportados, a consecuencia de la desnutrición y desesperación. Pero yo era tan "duro de entendederas", que daba por obvio que sabía "lo que es el hambre" y les comprendía perfectamente a qué se referían con "desesperación".

La fuerza de los instintos arrolla a la mente; la puede desestabilizar por completo, desde lo emocional. No cualquiera domina a la desesperación que surge de instintos largamente reprimidos o pésimamente satisfechos. Nuestra parte animal (el ego, que rige en el inconsciente), fácilmente toma el control de nuestro ser en situaciones que considere “límites” o demasiado álgidas. En tales situaciones, la parte consciente suele quedar como una simple testigo que, con frecuencia, hasta “mira para otro lado”, horrorizada de sí misma, al notar cómo “la bestia interior”, intenta satisfacer lo que considerábamos que podíamos y manteníamos acertadamente bajo control.

Quien no ha logrado educar a su propio interior (ego) con legítimas y asumidas convicciones… en situaciones que le superen, fácilmente es superado por la “bestia interior” del ego, que no soportará más represión. Precisamente porque las convicciones no están claramente asumidas, sino tan solo intelectualizadas; impuestas por convicciones que se creían asumidas.

Para comprender a qué me refiero con ASUMIR CONVICCIONES, intentaré explicarlo con lo que casi todos han vivenciado alguna vez: La pasión del enamoramiento.

¿Cuántos no han caído alguna vez en considerar que estaban profundamente enamorados de alguien “perfecto” y, pasado cierto tiempo, corroborar que estaban equivocadísimos?

¿Cómo pudieron tener convicciones tan erróneas, pero resultarles imposible siquiera dudar realmente de las mismas?

El enamoramiento que hace surgir pasión avasalladora, no es racional ni consciente, es animalidad pura. Animalidad que, a veces, puede estar en lo correcto (de “amar” así, “desesperadamente” o “con todo el ser”); pero suele equivocarse con mucha frecuencia en la elección de por quién apasionarse y hasta ciegamente.

La parte consciente, la que consideramos racional, suele tratar de explicar y justificar a sus conductas como puede; a pesar de las contradicciones y hasta reconociendo detalles que pueden ser serias alertas en sentido contrario.

Nos trampeamos al querer conciliar lo mejor posible a la razón consciente, respecto a las sensaciones que nos avasallan y superan. Así es como minimizamos las cosas contrarias a nuestra conducta animal, porque el interior “no puede equivocarse” a pesar de los detalles racionales en contrario.

Eso de que “el interior no puede equivocarse” (o que el alma es sabia, cuando lo sabio es el espíritu y se lo confunde con alma), es algo muy ambiguo. Porque todo depende, más que nada, de cuán bien se haya formado y adquirido convicciones validas nuestro interior. Porque en nuestro interior, como alma, no está solo nuestro espíritu. Quien más se manifiesta como “alma” (o interior) es el ego, nuestra parte animal. Ego que, si bien tiene una programación básica instintiva, desde su formación en el útero va asimilando sensaciones y conceptos para saber cómo reaccionar y responder ante cada circunstancia futura, de modo “automático”, como reacción a la situación o circunstancias.

Así, según lo que haya vivido y ámbito y circunstancias en las que se cría cada individuo, es que serán las futuras deducciones y “convicciones instintivas” a las que habrá llegado; siendo harto trabajoso corregir algunas erróneas, por precipitadas o mal interpretadas.


“El corazón no se equivoca”

A esto se suma la pésima costumbre de dar por obvio a eso de que “el corazón no se equivoca”. Porque tal afirmación es válida únicamente en individuos perfectamente formados en lo moral y conceptual, especialmente en conductas y hábitos sanos. Pero no en las personas con serias deficiencias en su crianza (que son prácticamente todos los seres humanos), que les hayan llevado a internalizar como normales y naturales a carencias y reprimir erróneamente cosas que creen entenderlas, por argumentos que parecen acertados, pero no las razonaron suficiente para corregirlas y lograr evitar futuras circunstancias en las que el ego les motivará y llevará a errores groseros, como enamorarse “con todo el ser” de alguien inconveniente. Funcionará bien en algunos casos, pero es casi como una ruleta saber cuándo acertará en las personas imperfectamente formadas.

El escritor Enrique barrios, en su libro de ficción infantil “Ami”, ha logrado un gran acierto en su forma de describir que, los seres humanos, tenemos dos centros básicos de comprensión y expresión: Cerebro y corazón. (Más bien pensamientos y sentimientos). Porque pareciera que tenemos dos “cerebros” receptores/transmisores, tomadores de decisiones que, también, son como motores impulsores de actos y conductas. Esta es una gran verdad que, a lo largo de la historia de la humanidad, se la ha puesto en evidencia, pero sin explicarla con suficiente claridad, precisamente porque prácticamente nadie la entendía con suficiente profundidad. Se sabe que “algo de eso hay”, sobre todo por resaltar que entran en conflicto y que, lo óptimo, es lograr que se mantengan siempre en armonía, en acuerdo. Lo que nunca se halla claramente explicado es el cómo lograrlo.

Sin embargo, a este detalle tan importante para la vida cotidiana de todo ser humano, se lo suele minimizar y relativizar, por considerarlo irresoluble, salvo en ciertas ocasiones puntuales.

¿Dónde queda la inteligencia humana, la capacidad de discernimiento de la que nos enorgullecemos como especie superior de este planeta (o hasta del universo, según algunas religiones), cuando somos incapaces de comprender partes claves de nuestro ser, que motivan a conductas cruciales de vida y, peor aún, de conciliarlas para que funcionen en armonía real?

¿Acaso alguien puede atreverse a afirmar que su mente y emociones jamás entran en conflicto?

O siquiera que, de producirse el conflicto ¿Pueden lograr armonizar ambas partes sin incurrir en imposiciones a las que una de ellas no justifique ni comprenda, sin auto engañarse?


El conflicto entre pensamientos y sentimientos

Resulta más que asombrosa la paradoja histórica de la dicotomía, o división, interior entre partes de nuestro ser. ¿Cómo es posible que nuestro propio ser tenga conflictos internos? ¿No somos una unidad armónica y perfecta?

¿Qué falla? ¿Qué motiva a los conflictos internos entre lo que se quiere o desea afanosamente y lo que éticamente corresponde?

¿Únicamente son fallas del sistema social y la forma en que está concebido? ¿Culparemos al sistema político, o de religiones diferentes y hasta al demonio de ello?

Esos son los groseros errores con que se justifican los conflictos internos: Culpar al “afuera” (otros, entorno o circunstancias) de lo que ME PASA A MÍ interiormente.

El entorno influye y condiciona, sí; pero de nosotros depende que, a pesar del entorno y circunstancias, nuestro interior no esté en conflicto.

El entorno y circunstancias pueden afligirnos y hacernos padecer terriblemente hasta lo indecible. Pero eso jamás será justificativo real o válido de los conflictos internos sobre el pensamiento y conducta a sostener. No en personas verdaderamente maduras y sensatas, que se conocen a sí mismas lo suficiente para tener claros a sus mecanismos internos; a lo que motiva de verdad a sus ansias y pasiones, como la forma correcta de tratar de satisfacerlas, en momento y forma correctas.

Toda clase de conflicto interno surge de conceptos que hemos tomado y asumido como válidos, pero en la práctica surgen evidencias que desmienten a alguno o varios.

Por lo general, cuando es la mente la que no está de acuerdo, es porque se rige por lo que conscientemente considera tener claro. Cuando es el sentir, las emociones las que están en desacuerdo, es nuestra parte inconsciente la que se manifiesta. Con el detalle que, desde el inconsciente o como alma, si bien casi siempre es nuestra parte animal la que se expresa, ocasionalmente puede ser el sabio espíritu, que se lo percibe igual, por estar su concepto o idea "retransmitida" por el ego.

Cualquiera de ambos puede tener razón o estar equivocado. El detalle reside en la capacidad de analizar a fondo los argumentos de cada parte, para notar los errores conceptuales que motivan la discordia.

El principal problema de esto, es que casi nadie es capaz de entender los “argumentos” del inconsciente, del ego o parte animal (mecanismos por los cuales llegó a la conclusión motivadora).

Así, “sólo se oye a una campana” (una de las partes), la de la razón, pero se “siente” una fuerte predisposición e inclinación por lo contrapuesto; lo emocional o sensaciones que ¿cómo “entenderlas” y “analizar sus razones”? ¡Si nunca nadie nos enseñó o siquiera permitió considerar que es posible hacerlo!

Por esta razón es que hago tanto hincapié en desarrollar y ejercitar a la capacidad de discernimiento sensato y lúcido, por análisis objetivo cada vez más profundo, ejercitando para ello al pensamiento colateral, o por asociaciones que trazan analogías.

El mecanismo para comprender a las “razones del corazón”, requiere de mucho autoanálisis, introspección que, a su vez, requiere de tiempo y esfuerzos que prácticamente nadie está dispuesto a lograrlos y sostenerlos. Sobre todo al no tener accesible a alguien que sepa ayudarnos con este proceso que, al corto plazo, parece absurdo y que no merece la pena.

Pues ¿cómo empezar y con qué? ¿Cómo saber si lo estoy haciendo de modo correcto? Sobre todo, porque no se notan resultados a corto plazo, con el agravante que, la inmensa mayoría de los psicólogos, que deberían poder saber cómo orientarnos en el mismo, suelen estar pésimamente formados y enredarse ellos mismos, cuando no se trata de un detalle psicológico puntual y, sobre todo, no abusan de estirar tratamientos para tener ingreso de dinero por consultas o tratamiento.

El proceso en sí, es fácil de explicar, pero harto difícil de comprender y, sobre todo, de lograr. Ya que pasa por ir reconociendo a cada eslabón, de la cadena de detalles que se han concatenado en nuestras vidas, para llegar al primero y raíz que motivó conclusiones que, en el caso puntual o específico, resulta inválida; pero está asociada por nuestro ego como “válida” por “ser parecida a” (otra que asume como de igual mecanismo y suele ser de cuando éramos muy pequeños, pero no siempre).

Ir descubriendo cada eslabón es una tarea ardua, que frecuentemente nos obliga a remover cosas muy dolorosas y desagradables. Por esta razón, como mecanismo de autodefensa contra lo doloroso y muy desagradable, es que el ego (nuestro animalito que rige a lo inconsciente), saca a relucir toda clase de trampas para evitarlo. Desde distracciones, quitar ánimo y minimizar la importancia de “limpiar” o “sanear” a detalles que duelen horrores de sólo intentar rescatarlos de lo profundo del ser. Así es como se los posterga, cual objeto que se patea para adelante, en lugar de alzarlo y quitarlo del camino, colocándolo donde le corresponde y debe estar.

¿Quién puede ayudarnos con tal proceso interior general, cuando los psicólogos resultan muy caros y con frecuencia poco competentes?

¿Recurrir a los “gurúes” que afirman enseñar lo necesario, pero sólo escriben libros con algunos detalles que resultan insuficientes, pero presentan como las panaceas que aparentan ser válidas para “resolver la propia vida”? Porque ellos no están asesorando a cada persona respecto de en qué falla, o qué le falta. Dan generalidades de cómo LES PARECE que debería ser el proceso y ¡que cada uno se arregle como pueda!
Proceso muy general y subjetivo, que se detiene en detalles de casos específicos, pero ignoran a muchas claves que son obstáculo insalvable para el grueso de las personas.

¿Recurrir a religiones? ¡Si es harto obvio que fueron incapaces de enseñar y orientar sensatamente a sus respectivas comunidades de fieles! Pues incurren más en imponer la credulidad de respetar doctrinas, ritos y tradiciones, que por COMPRENDER DE VERDAD a la esencia de las cosas y asumirlas, respetándolas con todo el ser (mente y sentimientos).

¿A quién recurrir entonces?

Aquí es donde surgen los pícaros oportunistas que, similar al “Chapulín Colorado”, aparecen con el consabido “¡Yo! ¡No contaban con mi astucia!” Pavoneándose de poder ayudar con sus disquisiciones que, a mí, a esta altura de mi vida, me resultan igual de patéticos. Porque han intelectualizado informaciones, poseen partes de sabiduría, pero no la comprendieron en toda su esencia, o no lograron asumirla por completo en sí mismos, aparentando que sí.


Conclusión: Cuando el alumno está listo para la lección, el maestro aparece.

El “maestro” no tiene por qué ser una persona específica, ni la misma en cada aprendizaje. Simplemente “aparece” alguien que nos expresa una frase llave para comprender la situación, así sea por simple casualidad expresiva.

Lo sé por experiencia personal. Cuando uno llega a momentos de casi desesperación por poder comprender detalles, pero no deja de tener la mente y corazón atentos y receptivos a analizar cualquier cosa que pueda surgir, es que “repentinamente aparece”, como surgida por casualidad, una idea, acontecimiento o expresión que encaja perfectamente, como llave que nos permite comprender a lo que tan afanosamente intentábamos elucidar. A veces expresada por un niño, o alguien que consideramos tonto/a, y hasta que leemos en algún comentario escrito, o vemos una escena, así sea en TV o película, trazando paralelismo con lo que nos inquieta.

Es por esta razón que a las porciones de sabiduría, la comprensión profunda de las cosas, no se logran sin un gran y sostenido esfuerzo por obtenerlas. Mientras no las necesitemos como el aire para respirar, porque nos estamos asfixiando, no estaremos suficientemente atentos a descubrir las pistas que “están por ahí”, tan claras como agua destilada, pero pasan desapercibidas en el cristal del parabrisas por el que miramos nuestro camino de vida.

Parece una gran ironía que las verdades estén tan a la vista y alcance como gotas de agua sobre el parabrisas. Pero esto es así, porque vivimos demasiado concentrados y atentos a lo que está “más allá” del parabrisas y, salvo que algo nos incomode demasiado, hasta la desesperación o cercanos a la misma, aprendimos a no prestar atención a las “gotas de agua” que siempre hay en los vidrios, o carteles publicitarios del entorno.

Las verdades básicas son y están como los carteles de campañas publicitarias en las grandes ciudades. En casi todos, algún travieso ha dejado su huella, como pintándole bigotes a la Mona Lisa, añadiéndole lentes y hasta rompiendo parte del papel. Pero si observamos a todos los carteles, terminaremos pudiendo deducir con certeza cómo era el original, antes de que lo distorsionaran los traviesos.

Ya sé que eso requiere de mucho tiempo y estudio. Pero ¿por qué asumir que se nos dará gratis y en bandeja de oro? ¿A santo de qué? ¿De nuestras caras bonitas? ¿Por simple caridad compasiva? ¡Si a la inmensa mayoría de las personas no les interesa en lo más mínimo otra cosa que “pasarlo bien”, al más puro estilo animalito egótico!

Tales personas, los animalitos egóticos, no merecen acceso real y profundo a los mecanismos esenciales de la naturaleza humana. Porque los utilizarán desaprensivamente en su propio beneficio, que implicará serios perjuicios en terceros ingenuos, concentrados en otras cosas.

Además, hay que tener bien claro que, los seres humanos, valoramos a las cosas en la misma medida en que las hemos deseado y costó lograrlas. Por esto es que las verdades simples y abundantes, la sabiduría "regalada", está tan menospreciada hoy en día. Porque no costó obtenerla, estuvo y está ahí "desde siempre", mancillada por pícaros o disfrazada, pero presente y reluciente en sus partes limpias.

Mientras que los verdaderos buscadores, como dije con el ejemplo de los carteles publicitarios; si tanto lo necesitan, se tomarán el trabajo de observar y deducir acertadamente, ya que basta con la actitud sana y esfuerzo sostenido. Las verdades y datos esenciales ABUNDAN por todas partes y, el proceso, siempre es individual y personal, según la vida y circunstancias de cada uno.

La clave individual pasa por la actitud interna, sostenida por la necesidad y deseo legítimo de entender las cosas especificas en las que se centran por necesidad interna.

Las claves más importantes, como dije y vivo reiterando, ya las he facilitado a lo largo de muchos artículos publicados. Al menos, a las que logré obtener ¡que no son pocas!

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