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Modelo educativo surcoreano ¿Un ejemplo a seguir?

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Modelo educativo surcoreano ¿Un ejemplo a seguir?

Mensaje  Gwendoline Welden el Dom Sep 18, 2011 8:41 am

A veces, cuando encuentro en youtube videos de niños asiáticos (especialmente coreanos) que hacen cosas que para un adulto son arduo complicadas o imposibles (tocar instrumentos con una destreza asombrosa para su edad, hacer malabares, piruetas, conocerse todos los países del mundo, etc.), me sorprendo. Al principio, pensaba "¡Qué bueno! ¡Ojalá yo pudiera hacer eso!" Sin embargo, lo que no muestran esos videos es el duro esfuerzo (por no llamarlo, explotación) que para esos niños supone dichos logros. Hoy, en la revista de XL Semanal (una de mis revistas favoritas) dedican todo un reportaje a la educación coreana.

Como ya se sabe, los coreanos son los primeros de la clase, según el último informe PISA. Han desbancado, incluso, a Finlandia. Todos se preguntan cual es el secreto, y en dicho reportaje se pone de manifiesto. Sin embargo ¿Estariámos dispuestos a hacer lo mismo?. En el reportaje se muestra el día a día de So-jung Kim, una chica coreana de quince años y de clase, más bien, media alta.


So-jung Kim en clase.

Dejo aquí su horario y a continuación una parte del resportaje ¿Serías capaz de seguir su ritmo diario?:

6:00 h. Suena el despertador.

6.20 h. Desayuno en familia.El desayuno y la cena son los mejores momentos para disfrutar en familia. A pesar del madrugón, so.Jung Kim lee, al menos, un periódico y conversa con sus padres. Hija única, su madre dice con orgullo que es "entusiasta, educada y pura". Nunca ha encendido un cigarrillo ni sabe lo que es un botellón.

7.10 h. Antes de clase: ejercicio matinal con papá. Antes de clase, So-jung Kim va con su padre a un gimnasio. Mientras se ejercita, escucha música reggae por los auriculares para despertarse del todo. Una ducha y su madre la acerca en coche a la escuela de enseñanza media ubicada en el barrio donde vive. Es un centro público y gratuito.

8.00 h. En clase: total respeto al profesor. El oficio de maestro es prestigioso y está bien remunierado. Se imparten de seis a siete clases diarios de 45 minutos, con descansos de diez. So-jung Kim aprovecha el recreo para ir a la biblioteca escolar. Lee novelas y biografías. Cuatro al mes.

12:45 h. Hora de comer: un refrigerio y más lecciones. So-jung tiene 45 minutos para almorzar en el comedor escolar. "La comida está rica y es variada", dice. Cuesta 35 euros al mes. Después se reanudan las clases. Todavía le quedan dos horas lectivas por la tarde (tres los martes). Los escolares tienen que aprovar de diez a doce asignaturas por semestre.

15.35 h. Antes de dejar la clase: toca limpiar el aula. Los alumnos ayudan a limpiar el aula antes de marcharse. "Nos organizamos en dos turnos. A cada turno le toca una semana". La disciplina es rigurosa. Tanto el uniforme escolar como el traje de gimnasia deben estar impolutos.

17.00 h. Clases de refuerzo: la jornada interminable. Recibe clases extras de matemáticas, inglés (su nivel de inglés permite que se la entreviste en ese idioma) y lengua coreana. Cuestan 700 euros al mes. Exhaustos, algunos compañeros luchan por no quedarse dormidos.

19.30 h. Un regalo: Clases de guitarra. Las clases de guitarra son un premio, pero en la práctica suponen un esfuerzo suplementario. Sus padres la incentivan con regalos. "El semestre pasado: un perrito, un viaje y una cámara. Y siempre me están animando."

20.10 h. Al llegar a casa: ayudar a papá. So-jung Kim llega a casa pasadas las ocho de la noche. Los jueves ayuda en la consulta de su padre, que atiende gratuitamente a pacientes ancianos. Luego cenan y su madre comprueba como lleva sus tareas.

23.00 h. Repaso nocturno, y así todos los días. Sube algunas fotos a facbook, da un último repaso a las lecciones y se mete en la cama "estoy tan cansada que me cuesta quedarme dormida. No es fácil aguantar un día tras otros, sobre todo con exámenes"

Su jornada es de aúpa: de seis a siete horas de clase en una escuela pública, a las que se suman tres de refuerzo en academias privadas y una de guitarra, sin contar el gimnasio, los deberes y el trabajo voluntario como asistente de su padre, doctor en medicina oriental. Cuando se meta en la cama, a las once de la noche, todavía dará un último repaso a las lecciones del día siguiente y leerá unas páginas de una biografía antes de que se le cierren los ojos.Su día es de lo más típico. «Es duro ser adolescente en Corea del Sur. Pero supongo que es igual de duro ser adolescente en cualquier parte del mundo. A esta edad nos estamos jugando nuestro futuro», sentencia.


So-jung Kim tiene 15 años y vive en la capital, Seúl. Pertenece a una generación que asombra al mundo. Los adolescentes surcoreanos arrasaron en el último informe PISA, que compara el nivel académico de los países de la OCDE en matemáticas, ciencias y lectura. España cosechó unos resultados mediocres. Junto a la ciudad china de Shanghái, Corea del Sur dio la campanada desbancando a Finlandia del primer puesto. El sistema educativo del país asiático se considera un modelo de éxito en el resto del mundo. El 98 por ciento de los surcoreanos finaliza la educación secundaria y casi el 60 obtiene un título universitario; en España, donde el curso ha empezado de manera convulsa, con recortes presupuestarios y profesores en pie de guerra, el fracaso escolar llega al 30 por ciento.

Paradójicamente, no sacan pecho. Si los surcoreanos son los primeros de la clase, es a fuerza de codos. Su excelencia se basa en el sobreesfuerzo. Los alumnos están sometidos a una presión enorme. Su nivel de estrés es el mayor de la OCDE. Estudian 50 horas a la semana, 16 más que en el resto de los países desarrollados. Y su índice de felicidad es el más bajo; en contraste con los chavales españoles, que lideran esta clasificación. En este sentido hay que apuntar que unos doscientos menores se suicidaron en 2009, en parte por malas notas. Y su déficit de sueño, similar al español (un par de horas), no se debe al chat o la consola. Sencillamente, se llevan los apuntes a la cama.

Si se compara con Finlandia, donde las clases son muy cortas y apenas se mandan deberes, solo hay un elemento en común: la calidad de los profesores. «Es una profesión con mucho prestigio y muy respetada. Tanto que la mayoría de las chicas quieren ser profesoras», comenta So-jung Kim. Los maestros tienen buen sueldo y autoridad en clase. Pero también se quejan: las aulas están masificadas y los alumnos, con frecuencia, agotados por las clases extra. De hecho, dos de cada tres se apuntan a una o varias academias privadas, llamadas hagwon. «Como profesor, me duele que padres y alumnos confíen más en las tutorías privadas que en la enseñanza pública. La razón es que Corea ha sido una meritocracia desde la caída del sistema de castas. Solo hay una manera de escalar en la jerarquía social: llegar a una universidad de prestigio. Por eso, tantos padres obligan a sus hijos a lograr este objetivo a cualquier coste. La competencia es cada vez más despiadada y cualquier ayuda puede suponer una ventaja decisiva», se lamenta Un-ju Han, profesor de instituto.


El milagro económico de Corea del Sur es reciente y va de la mano de su apuesta educativa. En 1945, a mediados del siglo pasado, el porcentaje de analfabetos rondaba el 80 por ciento. En los años 60, su riqueza era comparable a la de Afganistán. Pero desde entonces la educación se convirtió en una prioridad nacional y contribuyó a compensar la escasez de recursos naturales. Hoy, Corea es la decimosegunda economía del mundo. Sin embargo, la educación es una obsesión de las familias, pero no tanto del Gobierno, que gasta menos en enseñanza que la media de la OCDE. La primaria es gratis; a partir de la secundaria, los padres destinan alrededor del 20 por ciento de sus salarios a la educación de sus hijos. Y eso que la mayoría opta por matricularlos en escuelas públicas. Pero las clases de refuerzo en las hagwon suponen una media de 400 euros al mes. Lo dan por bien invertido con tal de que entren en una buena universidad, se conviertan en ingenieros y puedan conseguir un trabajo en una gran empresa como Hyundai o LG.

El profesor Sun-woong Kim señala otra paradoja: Corea del Sur es el país que más estudiantes envía al extranjero; de hecho, copan los primeros puestos en las pruebas de selección de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Pero, de repente, algo falla. Cuando ya han conseguido lo más difícil, meter la cabeza en Harvard o Yale, se desfondan. Parece como si después de tanto esfuerzo la relativa libertad de la vida en el campus haga que se relajen en exceso. Además, aunque sean obedientes y memoricen como nadie, no destacan por su creatividad ni por el trabajo en equipo. Muchos acaban aislados y un 44 por ciento fracasa.

Algunos expertos lo achacan al excesivo énfasis en la disciplina. La impuntualidad o no terminar los deberes son faltas graves y pueden ser castigadas con unos azotes. En ocasiones, toda la clase paga por la ofensa de un solo alumno. El uniforme escolar tiene que estar impecable. Las chicas no se pueden maquillar y los chicos tienen prohibido llevar el pelo largo. El rigor se extiende al ámbito de las relaciones. Socializar se considera una pérdida de tiempo. Cuatro de cada cinco colegios censuran los noviazgos entre estudiantes. Un grupo religioso incluso premia con diplomas la virginidad. Se desquitan como pueden, enviando más mensajes de móvil que nadie: 2000 al mes. «En mi juventud, el trato de los profesores era mucho más severo; ahora es más cercano», matiza Jung-ah Yoo, la madre de Kim.

La quinceañera lo lleva con paciencia. «Mi padre quiere que me dedique a la medicina, como él; mi madre, que sea profesora. Pero no me siento presionada por sus expectativas. Yo tengo claro lo que quiero ser: guionista. Y ellos respetarán mi decisión. Estudiaré dos carreras: Periodismo y Comunicación Audiovisual. Me faltan cuatro años para presentarme a las pruebas de acceso a la universidad. Ya me estoy preparando. Pero por mucho que estudie, no sé si estaré entre las mejores», reconoce. ¿Agobiada? «Soy feliz», puntualiza. Cinco de cada seis estudiantes confiesan que no lo son.

Fuente:Revista XL Semanal

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