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Cómo desconectamos de la naturaleza

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Cómo desconectamos de la naturaleza

Mensaje  Don Sapo el Lun Sep 19, 2011 5:46 pm


El proceso es lento en lo individual, pero rápido en lo social o colectivo.

Antiguamente, la naturaleza era parte intrínseca de los seres humanos. Estaba allí, en derredor, interactuando e influyendo la vida cotidiana de modo tan “natural”, que ni se pensaba en ello; era “así y punto”.

Los avances tecnológicos e industriales, sumados al nucleamiento en urbanizaciones que, para ser limpias y ordenadas, debían prescindir cada vez más de zonas “naturales” que “afeaban” y eran como espacios desperdiciados, hizo que inconscientemente se fuera menospreciando cada vez más a la presencia de “verde natural” en las zonas urbanas. Sobre todo porque en los alrededores abundaba el “verde al natural” ¿para qué tenerlo entremetido, incomodando, dentro de las zonas urbanas? ¡Si basta con un par de plazas, cuyo mantenimiento en jardinería resulta un gasto económico poco apreciado! ¡Si alguien quiere “verde”, que tenga y mantenga su propio jardín!

Así, socialmente, la tendencia es cada vez mayor a vivir rodeados de cemento, prescindiendo cada vez más del contacto directo e interacción con la naturaleza vegetal, imprescindible también para el grueso de formas de vidas animales (nosotros incluidos). El detalle de vivir en zonas más densamente pobladas, implica tantos beneficios o posibilidades de “mejor forma de vida” que, las de estar en contacto con la naturaleza, quedan completamente relegadas ¡si es que se tiene claro por qué la necesitamos!

De este modo, los espacios en zonas urbanas, ciudades, son cada vez más requeridos y, por eso, también más caros. Lo cual lleva a aprovechar los espacios al máximo, prescindiendo cada vez más de jardines que, si bien son bonitos de ver, resultan muy caros y esforzados en mantenimiento; además de ser un espacio cuyo disfrute es tan ocasional, que no se justifica el esfuerzo de conservarlo y es preferible construir algo notoriamente más útil en lo inmediato.

Los niños crecen cada vez más ajenos a los procesos de la naturaleza y, por ello ¿cómo van a extrañar lo que no conocen y, sus padres, no valoraron debidamente, o prefirieron relegar ante otras cuestiones?

A las cosas se las valora en la medida en que se las anheló y costó lograrlas. La naturaleza estuvo siempre entremetida en la vida humana ¿por qué habría de valorársela, salvo que se la pierda después de haberla considerado algo normal y cotidiano en la propia vida?

Así es como ya hay generaciones de humanos que se formaron ignorando por completo lo que es vivir en contacto cotidiano con la tierra, las plantas y animales que, aunque no lo parezca, forman parte del ecosistema, como nosotros mismos.

Aclaro: No se trata de vivir como monos, desnudos y colgados de los árboles. Se trata de aprender a reconocer y revalorizar los beneficios reales del contacto con el ecosistema natural, que se sustenta del suelo y de la vegetación. Es imposible describir los beneficios de los sonidos de animales, como aves e insectos en su ámbito natural. Desde la diferencia de la calidad del aire que se respira, hasta cómo influye el croar nocturno de sapos y chirrido de grillos y cigarras, o el cantar de variadas aves durante el día. Son cosas a las que hay que acostumbrarse a sentirlas, vivencialmente, para notar las diferencias y cuán “distintos” nos sentimos (para peor) al no percibirlas en lo cotidiano.

El contacto constante con el ecosistema natural (con vegetación bastante abundante) permite sentirse mejor y recargar energías interiores y anímicas, más seguros de sí mismos, formando parte del conjunto completo, en lugar de individuos separados y casi aislados, por más “contacto social” que se pueda tener.

Muchos especialistas afirman que el contacto con animales implica un gran beneficio terapéutico en infinidad de asuntos sensibles y complejos. Pero ese contacto con animales es únicamente una migaja del beneficio interior (psicológico emocional, para el alma y espíritu) de lo que es tener en forma constante e intrínseca al ecosistema natural en nuestra cotidianeidad. Lo sabían perfectamente los primeros estudiosos de la conducta humana, y clara prueba de ello es que, la inmensa mayoría de las residencias u hospitales para internación y tratamiento de enfermedades mentales, anímicas y hasta para retiros espirituales, están rodeados de grandes espacios verdes, sea como parques y jardines.

Al comparar y reflexionar sobre las diferencias, lo primero que surge clara y ostensiblemente, es cómo SOSIEGA, tranquiliza interiormente, el estar en un ámbito donde abundan árboles y animales silvestres. Sobre todo cuando tenemos alguna interacción ocasional con el mismo, como cultivar o tareas de jardinería. No es casual que se haya reconocido al verde como color “médico” sedante. Ni tampoco que, al celeste “cielo”, como revitalizador espiritual. Pero nos rodeamos de grises de cemento y cal, matizados con colores chillones que intentan destacarse sobre los demás, en una lucha inarmónica por prevalecer, pero que nos desestabiliza psíquica y anímicamente.

Sin embargo, los alcances y beneficios del contacto con la naturaleza no se limitan a presencia de colores y sonidos, o a la calidad del aire. Pues el contacto con el suelo, la tierra y lo que contiene, también es revitalizante, vigorizador. Sin ir más lejos, hasta hay libros escritos sobre terapias con barro. El solo contacto con “humus” natural (sin contaminación ambiental) es decir: auténtica tierra; logra que descarguemos en ella mucha de la energía que nos resulta enfermante; a excesos energéticos (y de sensaciones) que llevan a fiebres locales, inflamaciones, etc.

No es casual que desde antiguo, y reflejado en la Biblia, se asegure que “del polvo somos y al polvo volvemos”. Tenemos una relación tan interdependiente con el suelo (“polvo” o “humus”) que, al vivir constantemente sobre cemento, desconectados del mismo y lo que sustenta, vivimos desequilibrados sin siquiera ser completamente conscientes de cuánto y cómo nos desestabiliza y afecta tal modo de vida.

Precisamente porque aprendimos y hasta fuimos criados desconectados, por lo cual muchos ni se enteran de “lo que les falta”. Son como malformaciones congénitas que se ignoran, porque “todos los demás parecen iguales”, llevando vidas que intentan aparentar como óptimas o bien vividas, como ciegos que se consideran completos, que no les falta absolutamente nada, porque la luz, colores y lo relacionado con lo visual, es una superficialidad prescindible.

Sabemos perfectamente que se puede vivir “bastante bien” como ciegos. Pero ¿realmente es una vida plena? ¿Quién ELIGE vivir como ciego? Similar es el caso de elegir un modo de vida que prescinda del contacto con el ecosistema natural, como en viviendas de edificios, que parecen palomares; pero para pasárselo encerrados entre cuatro paredes, o deambulando sobre cintas de cemento y baldosas.

Sé que es caro poder tener contacto con naturaleza, espacio verde o jardín propio. Sobre todo, que resulta muy esforzado o trabajoso mantenerlo prolijo y hasta bello. Pero el rédito de eso, a la larga, resulta impagable. Al menos, es lo que yo he corroborado en mí mismo y observando a otros, por lo cual prefiero vivir en una “cucha de perro”, pero con jardín, antes que en un “cómodo” departamento de ciudad en la que los únicos verdes que suelen verse, son pinturas, luces, o la copa de algún árbol que, plantado en la vereda, agoniza ante la polución del aire, con las raíces parcialmente cortadas y falto de nutrientes adecuados; ya que el suelo donde está, rodeado de baldosas, no recibe abonos nutrientes de ninguna clase.

Nadie debería ser criado desconectado del ecosistema, rodeado de cemento e ignorante de las sensaciones y percepciones de un entorno natural; de lo que es sentir el contacto de la tierra con la piel (la tierra limpia, no contaminada) y hasta jugar con el barro, modelarlo. A lo que es despertar con el canto de los pájaros; el dormirse arrullado (o molestado) por grillos y hasta cigarras. Los sonidos y sensaciones del agua de arroyos o ríos que siguen su curso, como las melodías que interpreta el viento, silbando en la vegetación.

Porque todo eso, reitero, es lo que nos hace sentir vivos e integrados al conjunto del todo. Es lo que impone reconocer inconscientemente que la vida tiene un sentido más allá de lo individual y puramente humano. Pero no hay que vivirlo de modo ocasional, como campamento de un fin de semana, un par de veces al año. En la crianza debe ser cotidiano.

Sólo de adultos, después de la adolescencia, se puede optar por dejarlo únicamente para los fines de semana e ir raleándolos, pero sin dejar de contactar la naturaleza periódicamente para RECORDAR, a través de los sentidos y con el alma, que no somos individuos aislados e independientes de la naturaleza o del entorno.

Porque, el vivir desconectados del medio ambiente natural, predispone a perder capacidad empática; a olvidar que somos parte de un conjunto mayor que la sociedad humana; a ser más egoístas desconsiderados pero, sobre todo, a vivir tensos y agobiados; por lo cual también más inclinados a alguna forma de violencia, así sea psicológica; o a enfermar más fácilmente por exceso de tensiones acumuladas, o que resultan imposibles de liberar.

La forma de vida y ritmo que imponen las grandes ciudades, sólo es apta para los jóvenes que necesitan conocer mundo y probarse a sí mismos. Porque les sobran energías y ánimos faltándoles paciencia, por lo cual quieren vivir intensamente, probar a “un poco de todo” y hacerlo “ya”. Período que dura sólo unos pocos años, hasta que se estabilizan en rutinas laborales y, entonces, es donde quedan como atrapados entre las frustraciones y el agobio; centrándose en el auto engaño que han hecho lo más y mejor posible, y que todavía hay esperanzas de poder lograr algo mejor para sí y los suyos. Pero, mientras tanto, cada vez necesitan de más y más evasiones de la realidad cotidiana, desahogos o gratificaciones al ego. Por lo cual cada vez consumen más y más cosas de “auto complacencia”, resultando el tiempo y dinero siempre escasos, porque nada realmente es un verdadero paliativo para una forma de vida mal llevada y, encima, inconexa del entorno natural.

Porque ¿Cómo podrán saber orientar adecuadamente sus vidas, quienes no han tenido verdadero contacto de integración con el entorno, ni nadie que les ayude a comprenderlo?

Es imposible reconocer el propio rol o lugar social, el natural por vocación y capacidades, cuando se ignora y no se reconoce (por no haber vivenciado y sentido en carne propia, o no haberla naturalizado) a la interacción del conjunto del medio ambiente, del cual formamos parte intrínseca.

Porque es como con las demostraciones de afecto. Se puede intelectualizar mucho y tener conceptualmente claro lo que son pero, a las caricias, hay que sentirlas en carne propia para comprenderlas realmente. Es imposible aprender a carecer de caricias o demostraciones de afecto, por intelectualizar que se reconoce al por qué se considera que se las necesita, pero no son imprescindibles.

Así como nadie puede prescindir por completo de demostraciones de afecto largo tiempo (no sin que aparezcan trastornos), tampoco nadie puede carecer por completo de contacto con la naturaleza. Porque el contacto con la misma es, también, como recibir demostraciones de afecto. Es algo que se siente y vivencia, al margen de las intelectualizaciones.

_________________
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Tú ¿estás haciendo algo por cambiar positivamente a la sociedad,
para que no haya tanta injusticia y desequilibrio social?
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Y con mucha razón.

Mensaje  -Cat13- el Lun Sep 19, 2011 6:06 pm

Concuerdo con usted en que cada vez, el humano ignora más que no es el único ser en este planeta y extiende su ego hasta límites insospechados. Supongo que alguna vez se habrá parado a pensar, qué pasará cuando ya no quede más verde. Personalmente, veo el noticiero por la tele y no me quedan dudas de que cada vez todo va peor. No tiene que ver sólo con lo poco que el ser humano aprecia a la naturaleza, y lo desconectado que está, sino que es completamente ignorante de las consecuencias que sus actos trae para la misma, y por lo tanto, para él también. Inoluntaria o voluntariamente, contamina espacios, ocupa cada vez más y más sin ninguna medida. Lo peor, es que cada vez son más humanos, más generaciones que educar, más personas acostumbradas a despreciar la naturaleza.

Lamentablemente, el egoísimo y la vagancia de los humanos llega al punto de decir "Bueno, pero no me importa nada, no me importa este mundo, voy a hacer lo que quiera". ¿Y qué queda para sus hijos? ¿Para los hijos de los demás? Nadie piensa en el prójimo, porque todo el mundo está muy ocupado viviendo su vida "a tope" como para frenar al menos dos segundoss. La realidad duele, pero hay que aceptarla.

Soy del tipo de persona que no sabe si hay esperanza o no. Oscilo entre el egoísmo ya mencionado y la solidaridad, porque no quiero un mundo contaminado para mis hijos, no quiero que vivan sin disfrutar de los hermosos paisajes que antes poblaban la tierra. Pero a veces pienso que todo da igual, que al fin y al cabo el paso por la Tierra es tan rápido que no vale la pena preocuparse. Sin embargo, no me convence la última idea. Aunque yo sea una humana, efímera como rosa, tuve el derecho de vivir en esta tierra y tengo la obligación de cuidarla y protegerla por haberme dado la posibilidad de realizar mi sueños. Por supuesto, no todos piensan así...

Por otro lado, cuidar un poco la naturaleza no cuesta nada. Evitar tirar un papel, qué tanto trabajo puede ser? Y, regresando al tema de la desconectación, es verdad, cada vez ignoramos más que vivimos rodeados de maravillas. Nos tapamos los ojos con una cinta, no podemos ver más allá de nuestras narices. ¿Y cuántas veces le hemos debido la vida a la naturaleza, que ha hecho lo que pudo para resurgir en medio de tanta polución? No me sorprende que el mundo parezca estar cada vez más "enojado".

Esa es mi opinión. Igual, me parece que no me he expresado lo suficientemente claro como quería.
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