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No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

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No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

Mensaje  Sawedal el Miér Abr 09, 2008 1:45 pm

Vieja frase anónima. ¿Hasta qué punto será válida y en qué circunstancias?

Hubo una guerra denominada "de los 100 años". Además... la estupidez humana y el egoísmo ¿no son un mal?

¿Tú qué piensas al respecto?
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Re: No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

Mensaje  LADY el Jue Abr 10, 2008 2:39 pm

Pues la verdad, es que esta frase no se puede aplicar en todos los contextos, puesto como muy bien dices hay muchos tipos de males, y males eternos asi que solo se podria usar en circunstancias muy puntuales que es cuando se le sacaria el verdadero significado; parece que el refran se aplicaria mas para los dolores fisicos y/o psicologicos..
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Re: No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

Mensaje  pepe2982 el Jue Abr 10, 2008 3:28 pm

Les pego un extracto que encontré en Página 12, no se que opinan, yo creo que algo tiene que ver con la resignación a los que nos pasa diariamente, pero también, como es un refrán popular, tiene su significado, y que algún mensaje oculto tiene.
En fin aquí va:

Hay una verdulería a la vuelta de mi casa. Todos hemos observado que los verduleros aún existen. No los carniceros, por ejemplo. Devorados por los supermercados, se han ausentado de la realidad. Verdulerías, todavía, existen. Y donde hay una verdulería hay –coherentemente– un verdulero. Yo, decía, tengo las dos cosas a la vuelta de mi casa: la verdulería y el verdulero. Suelo comprarle unas exquisitas manzanas que, sospecho, ya no conseguiré cuando él no esté más.
Porque eso es lo que él atisba en su horizonte: que pronto no va a estar. Que también a él se lo va a devorar algún supermercado. De modo que ha caído en un estado de, digamos, sabia o, si se quiere, religiosa resignación.
Su lenguaje está incesantemente habitado por expresiones como “y bueno, éste es un valle de lágrimas” o “y bueno, venimos a este mundo a sufrir”. O también: “No hay mal que dure cien años”.
A las dos primeras suelo no responder. El las dice y yo me callo. Tienen un peso bíblico (la primera) y de existencialismo trágico (la segunda) que uno no se atreve a refutar. Si quiere creer eso –piensa uno– será porque lo necesita. Pero la tercera (que proviene del saber vulgar) me permite irritarlo un poco. Cada vez que dice “no hay mal que dure cien años”, le digo velozmente: “Usted tampoco va a durar cien años”. Me mira y pregunta qué le quiero decir con eso. Digo: “Que tiene que hacer algo. Que tiene que resolver su mal. No es un consuelo decir que no va a durar cien años. Lo sería si usted tuviera doscientos de vida asegurada. Pero no los tiene. O sea, su mal va a durar siempre”. Me dice: “Usted se olvida de la segunda parte del refrán”. Y cita: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante”. Le pregunto qué significa eso. “Que el mal sólo puede durar cien años”, dice. “Que uno no va a sufrir más de cien años porque se va a morir y se va a ir de este mundo.”

Ma sí tiene razón. El dicho estaba bien armado. No sirve de nada decirle al verdulero “usted no va a durar cien años, haga algo”. No, lo que él quiere es no hacer nada. Por eso dice “no hay mal que dure cien años”. Y por eso añade “ni cuerpo que lo aguante”. Porque –con esta segunda parte– introduce el gran consuelo de los consuelos: la aceptación de la muerte. Mi verdulero, en suma, dice: “El mal siempre termina”. Aquí parece un optimista. Pero dice: “Porque no dura cien años”. No es un optimista: una profunda aceptación del mal lo constituye. “O muere el mal o muero yo.” Pero ninguno de los dos hechos reclama mi compromiso, mi intervención. Yo no debo hacer nada. Sólo esperar. Primero que muera el mal. Segundo: morirme yo. La “otra” posibilidad –luchar, yo, para que el mal muera– no existe.
Esta mansa aceptación del mal es eso que los filósofos de las religiones llaman la “fe del carbonero”. La fe del hombre simple. Que no sólo cree en Dios, sino que acepta la totalidad de la Creación tal como es. “Dios lo quiso”. “Dios da y Dios quita.” “Dios, en Su infinita sabiduría.” Si el mundo es fruto de la infinita sabiduría de Dios, sólo resta aceptarlo. He desarrollado aquí, no la fe del carbonero, sino la del verdulero, la del tipo que vive a la vuelta de mi casa esperando que alguna corporación lo elimine. Porque así lo habrá querido Dios “en Su infinita sabiduría”. Esta fe –envidiada a menudo por desgarrados filósofos de la religión como Berdiaeff o Chestov o aún Kierkegaard, quienes pueden llegar a ponerla como ejemplo de actitud ante lo sagrado– es el punto más alto de la resignación. A ella se refería Marx cuando –en la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel– habla de la religión como “opio de los pueblos”. Acaso no debió extender tanto la cuestión –no cuestionar toda forma de religiosidad– sino señalar esta fe del carbonero (o la de mi verdulero) como el sofocamiento total del espíritu de rebelión.
Esta “fe del carbonero” se expresa, no por medio del “ma sí” (que, vimos, tiene un matiz de rabia, de furia), sino por medio de otra expresión que no quisiera olvidar y que he venido olvidando: “Y bueno pero”. Es absoluta e inmediatamente detectable en el habla actual de los argentinos. La resignación que introduce el “y bueno pero” tiene un matiz de trascendentalidad que no tiene el “pero bueno”. “Pero bueno” es una resignación cotidiana. Me resigno y a otra cosa. “Y bueno pero” (al introducir la conjunción copulativa “y” un matiz reflexivo, una hilación del razonamiento, un kantiano “hilo conductor”) se presenta como la conclusión de un razonamiento sabio. No riguroso, sino eso: sabio. “Y bueno pero” expresa la santa aceptación de todo lo creado. Lleva a frases trascendentes como “la vida es así”, “este es un valle de lágrimas” o “no hay mal que dure cien años”. Lleva a la formulación más radical, más absoluta de la resignación. A la aceptación de Dios (de un Dios cuyos motivos no puedo comprender ni cuestionar, sino sólo aceptar) y a la aceptación de la Muerte. Lleva, en fin, a la más perfecta de las simetrías: la de la resignación y la muerte.

Extractado de LOS Resignacion y lenguaje Ma sí Por José Pablo Feinmann
Link: http://old.pagina12web.com.ar/2000/00-10/00-10-14/contrata.htm


Última edición por pepe2982 el Jue Abr 10, 2008 3:59 pm, editado 2 veces

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Re: No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

Mensaje  Don Sapo el Jue Abr 10, 2008 3:45 pm

¡Qué buen artículo!

El tema da para LARGO...

Porque ¿Cómo discernir qué cosas o detalles forman parte de "destino" de lo que está dentro de "libre albedrío"?

Dice una muy breve pero SABIA oración:

"Dios concédeme:
Valor, paciencia y sabiduría.
Valor para enfrentar y resolver aquellas cosas que puedo cambiar.
Paciencia para aceptar y tolerar las que no puedo cambiar.
Y sabiduría para poder reconocer a unas de otras."

Y todo el tema da para polémica al no poder reconocerse claramente (sobre todo en cuanto a opiniones encontradas) respecto de qué cosas sí, podríamos llegar a cambiar y damos por sentado que no; de las que realmente es desperdiciar energías en intentar cambiarlas pero se considera que "debe de haber una forma de lograrlo".

Pongo un ejemplo extremo: "El hombre no puede volar". Sin embargo la levitación existe y ha sido corroborada. Excepcionalmente, en casos muy aislados e infrecuentes en la historia humana, pero EXISTE.

No cualquiera podrá lograrla por más que se esfuerce. El tema pasa por dos puntos principales:

1.- ¿Tengo las características de los que lograron levitar o, para mí (quien se lo proponga) será inútil intentarlo?

2.-Suponiendo que sí, que tenga las características necesarias para levitar y no me haya equivocado al determinarlo ¿Se justifica todo el esfuerzo y tiempo que deberé dedicar con tal propósito?

Para pensarlo ¿no?


P.D.: En la oración que puse, con frecuencia la palabra "valor" es "Coraje" o "fortaleza"; y la "Paciencia" suele estar cambiada por "resignación".
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Re: No hay mal que dure cien años (ni cuerpo que lo resista)

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