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¿Qué haría el rey Arturo como normas de caballería para la época actual?

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¿Qué haría el rey Arturo como normas de caballería para la época actual?

Mensaje  Don Sapo el Jue Nov 28, 2013 3:16 pm

O: La imperiosa necesidad de místicas culturales

Las tradiciones culturales han perdido vigencia y, en muchos casos, hasta resultan contraproducentes por anacrónicas, deformadas y no ajustarse a la mentalidad y necesidades de la sociedad actual. Ya no hay mística personal y de pertenencia social, salvo espurias en pequeños clanes muy sectarios, pandilleros o elitistas.

Sin ir más lejos, el tradicional festejo de Navidad, mezcló ritos y tradiciones que ya no tienen vigencia, no se recuerdan o simplemente se considera un símbolo de “buena voluntad”… ¡por un día! Quedando más en un rito de beneficio comercial que el verdadero sentido de recordar y practicar auténtica solidaridad con los más necesitados.

La tradición de “ruidos” y “explosiones” para despedir un año recibiendo al otro, también quedó como un rito tan caro como peligroso. ¿Cuál era el sentido original? Ahuyentar a los malos espíritus y “mala onda” (o malas vibraciones) para poder comenzar un nuevo período anual libre de cargas indeseables. Pero hoy ¿quién puede creer y aceptar que realmente es necesario y hasta conveniente gastar tanto dinero en hacer ruidos fuertes que asustan, acomplejan y dañan los oídos de los más sensibles (especialmente bebés y animales, pájaros y mascotas); a la vez que ocasionan incendios en propiedades ajenas, quemaduras y hasta mutilaciones parciales en inexpertos, imprudentes y hasta paseantes ocasionales.

Si se ahonda más en las culturas antiguas, en sus ritos y ceremonias, se comprenderá que todo tenía un sentido sano, tan noble como altruista. Sean los individuales, familiares y hasta multitudinarios. Unos de los más importantes y que se perdió casi por completo, es el rito de iniciación e ingreso de los niños a incorporarse a la sociedad adulta. Detalle que se mantuvo más en el tradicional festejo de los 15 años de las niñas (deformado hasta simple tradición que choca con lo legal), que en el de los 18 de los varones. Porque ya no incluye el acondicionamiento de preparativos que predisponen física y psicológicamente a “ser adulto completo”, demostrando que “se está preparado” para serlo con todo lo que ello implica. Hoy basta con haber llegado a la mayoría de edad legal y tener de qué vivir sin dependencia obvia de otros (a veces ni eso). Lo cual no tiene ninguna relación con lo que se necesitaba demostrar: que se era completamente maduro y apto para formar parte del grupo adulto.

O el vínculo sagrado del matrimonio, con lo que representaba el anillo (o sus variantes) en toda cultura y creencia. Al perderse la mística y sentido real de lo que es una verdadera pareja (matrimonio), se fue facilitando cada vez más al divorcio y, técnicamente, hoy sólo es una asociación de intereses, a veces de apasionamiento, que durará lo que ambos deseen, al margen de cuán compatibles sean y verdadero compromiso interior de hacerlo durar “de por vida”. Y esto es cada vez más masivo, porque las personas son cada vez más incapaces de reconocer compatibilidades personales, pero sobre todo: de ser responsables con los compromisos que asumen, por incluir su orgullo y honor en sostenerlo. Pues ¿Quién enseña cómo reconocer y lograr pareja adecuada para uno mismo? ¿Quién enseña cómo sostener una pareja ante la gigantesca cantidad de razones que surgen para desavenencias que tampoco se sabe cómo superar sin que afecten con un nuevo problema quizá mayor a uno (y ambos) de la pareja? Y ¡ni hablemos de cómo tratar y educar hijos!

La velocidad de los cambios tecnológicos y cantidad de informaciones que se deben incorporar de modo casi abrupto, que atosiga la mente y las emociones, hace que, por velocidad de cambios y novedades, se tomen decisiones a la ligera, sin lograr establecer verdaderos niveles de importancia y trascendencia a cada cosa que acontece en nuestras vidas y sobre las que tenemos que decidir. Porque el ritmo de vida contemporáneo predispone a considerar y estar convencidos de que no se dispone de tiempo para reflexionar profundamente sobre lo que más nos debiera importar, con el agravante de que, quienes quieren hacerlo, no saben cómo (ignoran qué detalles son más relevantes o a todos los que hay que considerar y con qué peso real; sobre todo a muchos matices que se concatenan y pueden ser claves). Por lo cual, terminan rigiéndose por unos pocos parámetros obvios que son ambiguos (o muy relativos) con la tranquilidad de que después podrán alegar “¿Cómo podía saberlo?” a lo que no era tan obvio y les hizo cambiar de opinión, ya tarde para hacerlo (como el divorcio habiendo engendrado hijos).

Sé que muchos podrán defender la facilidad para divorciarse, mencionando la infinidad de ocasiones en que los matrimonios son concertados por los padres sin consentimiento de hijos/as (Práctica totalmente anacrónica, válida únicamente para rústicos analfabetos, como solían ser los campesinos con mentalidad y conocimientos propios de la época medieval o anterior, aunque aún ocurran en algunas partes del mundo). Pero eso no es aplicable a la sociedad occidental contemporánea, en la cual cada contrayente decide “por sí mismo” si firmar el papel o no y, se supone, que los padres son personas educadas o con suficiente grado de cultura para no ser simples animalitos de dos patas que no supieron cómo educar a su progenie para incorporarse sanamente al mundo adulto.

Sin embargo, como bien sé que aún continúan naciendo muchos “animalitos de dos patas”, con mínima capacidad intelectual, como siempre pasó en la humanidad (basta prestar atención a las noticias para corroborarlo), es que concluí en lo que aquí argumento: Urge la necesidad de crear nuevos ritos y ceremonias sociales EDIFICANTES para CONCIENTIZAR al grueso de la población, en la forma de conducta y proceder en una sociedad verdaderamente civilizada. Imponer una nueva mística social que rescate al concepto de honor personal, familiar y social, de un modo tan profundo y convincente como el que se supone que logró el rey Arturo con sus caballeros de la Mesa Redonda o los que, más o menos bien para su época casi prehistórica, intentaron las religiones, pero que quedaron perimidas en su mayoría por desactualizadas. Eso es algo que hoy demasiados padres ignoran y dan por obvio que los hijos aprenderán igual, sea en el sistema educativo (que apenas intenta recordar parámetros básicos, muchas veces impracticables) o de sus relaciones cotidianas con amigos y entorno en general (que más bien enseñan lo contrario: a hacer trampas legales y sociales para beneficio personal en perjuicio del resto).

Somos una sociedad de ciegos (enceguecidos por prejuicios hipócritas y egoístas) guiando a otros ciegos (con visión nublada en confusión permanente, que priorizan al “yo” por sobre el “nosotros”). Y de este círculo vicioso no se sale sino es con un profundo cambio cultural (que contenga ritos y ceremonias místicas realmente sanas y edificantes), consensuado entre las personalidades más relevantes y sensatas con el apoyo de los más poderosos o influyentes en lo social. Algo tan difícil de intentar (y más aún lograrlo) que me lleva a considerar que la especie humana continuará en su espiral degradante y autodestructiva, a menos que se forme de a poco la toma de conciencia masiva, mediante el trabajo constante de voces anónimas como la mía que, al igual que el agua con las rocas, va puliendo poco a poco al conjunto, puliendo asperezas.

Sepan disculpar si soy derrotista en mi pensamiento, pero basta con mirar en qué resultaron los mensajes y ejemplos de los más grandes referentes socio culturales de la humanidad (desde Moisés, Krishna y Confucio hasta Gandhi y Martin L King, pasando por Sócrates, Jesús y Mahoma) para perder esperanzas en la capacidad de raciocinio sensato y conductual de la especie humana.

_________________
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Tú ¿estás haciendo algo por cambiar positivamente a la sociedad,
para que no haya tanta injusticia y desequilibrio social?
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