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La perra de raza y la gatita ordinaria

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La perra de raza y la gatita ordinaria

Mensaje  Sawedal el Mar Nov 11, 2008 8:23 am



La Perra de raza y la Gatita ordinaria


Un día, alguien se deshizo de la cría de una gata vulgar, abandonándola en la calle. La pobre gatita, tan sola en un lugar desconocido y lleno de gigantes humanos y perros que iban y venían, corrió a esconderse en un rincón, llamando a gritos a su mamá: Míiu... Míu.

Pero pasaba el tiempo y la mamá no aparecía. ¡Y claro! ¿Cómo iba a poder escuchar a su hija, que la habían dejado muy lejos y, encima, con tantos ruidos como hay en las calles?

Cuando la gatita se dio cuenta de que la mamá no tenía cómo escucharla, decidió empezar a buscarla sin dejar de llamar: Míu... Míu...

Casi todo el día estuvo tratando de esquivar los pies de las personas y las bocas de los perros que le ladraban, furiosos, como queriendo comérsela.

En una de sus corridas, en la que uno de esos animales estaba a punto de agarrarla, vio una reja por la que podía pasar ella, pero no su perseguidor. Se metió sin pensarlo dos veces.

Había un largo pasillo que terminaba en el lindo patio trasero de una casa. "Acá podré estar segura hasta que encuentre a mi mamá", pensó yendo a explorar.

Estaba por llegar al fondo del jardín, cuando escuchó un gruñido que le erizó todos los pelos del lomo y la hizo saltar como un resorte, a esconderse entre unas plantas tupidas, en el rincón que formaban dos altas paredes, que le impidieron seguir escapando. Se dio vuelta, como valiente gatita que era, para enfrentar a su suerte en un intento de morir peleando y vio que una gran boca, con inmensos colmillos, se abría y cerraba tronando ladridos, enloquecida por no poder alcanzarla, porque la trababan unas macetas.

Se acurrucó calladita en el rincón, haciéndose un bollito chiquitito, por las dudas que pudiera estirar un poco el cuello y la agarrara. Pero, al rato de ladrar y dar vueltas buscando atraparla, se cansó y se fue, como olvidándose de ella.

En realidad, era una perra a la que le dolían las tetas, llenas de leche y que no eran vaciadas, porque los cachorritos que había tenido, por ser puros, de raza, se los habían sacado para venderlos. El dolor se le hacía doble, porque le recordaba la ausencia de sus hijitos, y se fue a llorar en silencio a su cucha.

Cuando oscureció y comenzó a soplar la brisa nocturna, la gatita, además del terrible hambre, también empezó a sentir mucho frio. Se animó a salir para buscar un lugar más abrigado y seguir llamando a su mamá: Míu... Míu...

Llegó hasta la cucha y se metió adentro. La perra, dormida, soñaba con sus cachorritos. Al escuchar entre sueños el llamado de la gatita ¡tan parecido al de sus hijitos!, se acomodó de costado, ofreciendo sus rebosantes y doloridas tetas.

La gatita, al verlas, se prendió enseguida a mamar, quedándose dormida también, junto al calentito cuerpo, cuando sintió llena la tan vacía barriguita.

Al amanecer, cuando la perra se despertó y descubrió que no había soñado, pero que tampoco era uno de sus cachorros, estuvo a punto de comérsela de un bocado. Pero al ver cómo, dormida, la gatita mamaba confiada de estar protegida, se dijo: "A mí me sacaron a mis hijos, y a ella la mamá. ¿Por qué no adoptarla, como me gustaría que les pase a mis pequeños?" Y se puso a lamerla con esmero, lavándola.

Cuando la dueña de casa vino a darle la comida, antes de irse, como hacía todas las mañanas, y vio que de la cucha salió también una "ordinaria bolita peluda con patas", gritó horrorizada de tal modo, que ambas se volvieron corriendo a esconderse.

La mujer, muy enojada porque detestaba a los gatos y todo lo que no fuera de raza, metió la mano en la cucha y sujetándola como un trapo sucio, se la llevó para arrojarla en medio de la calle.

Justo venía un auto. Por milagro, las ruedas no la tocaron. Ni bien terminó de pasar, la gatita corrió hasta el cordón de la vereda, tratando de entender qué pasaba, que nadie la quería.

"¿Nadie?" Se preguntó al oír un lastimero aullido.

La perra, que ya había sufrido mucho cuando le quitaron los cachorros, creyó que no iba a poder soportar que también la dejaran sin siquiera la ordinaria gatita y expresó su dolor aullando.

La dueña, cansada de oírla, salió al patio y la retó: "Acá el único animal que puede vivir sos vos porque, por lo menos, recupero la plata de tu comida con lo que me dan por tus crías. Así que ¡Dejá de llorar! Siempre fue así y no tengo por qué escuchar tus aullidos. ¿Me oíste?"

Como la perra se calló, la mujer, creyendo de que le había entendido, entró a la casa y se fue a trabajar, sin percatarse de que, si había dejado de llorar, era porque había visto volver a escondidas, por la reja del pasillo, a su hijita adoptiva.

Madre e hija se hicieron muy amigas. Como estaban todo el día solas, se la pasaban jugando tranquilas. Sólo cuando aparecía la dueña, la gata sabía que tenía que correr a esconderse, mientras la perra la distraía saliendo a recibirla.

Pasaron un par de años y todo iba de maravillas. La madre siempre dejaba comida en el plato para la hija y, a veces, ésta le retribuía con algunas cosas que conseguía por ahí, en sus recorridas por el barrio, compartiéndolo con ella.

Un día les llamó la atención que la mujer no hubiera traído la comida. Llegó la noche, y en la casa no se encendió ninguna luz.

Pasaron varios días sin que hubiera muestras de vida en la casa, ni alguien les diera de comer.

Una tarde llegó gente, lo que las puso muy contentas. Pero, después de curiosear todo y llevarse a la mayoría de las cosas, casi ignorándolas, se fueron como vinieron.

Las pobres mascotas estaban muy flacas. La gata trataba de conseguir todo lo que podía, pero no era nada fácil ¡Y menos para las dos! Pero ¿Cómo iba a dejar sola a su madre, a quien le debía la vida entre muchas otras cosas?

Finalmente, una niñita que pasaba casi siempre por allí y acostumbraba a jugar con ellas, a través de la puerta de rejas del pasillo, un día vino acompañada de su padre, quien después de observarlas, accedió al pedido de la niña, de abrir la puerta y llevarse a ambos animalitos a la casa.

Desde aquél día, fueron tres las alegres amigas.


Moraleja: La verdadera amistad no conoce de razas ni pedigrí

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