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Corazón de Niño

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Corazón de Niño

Mensaje  Sawedal el Mar Nov 11, 2008 9:01 am

Este es el relato que da título al libro que compila la mayoría de mis primeros cuentos y fábulas, siendo uno de mis preferidos. (No se moleste nadie en buscarlo en librerías, porque la única edición que existe es informal en fotocopias, como los demás libros que escribí).

Corazón de Niño

La vida había sido dura con él y él era duro con todos. Tanto, que quienes lo conocían lo llamaban "Bull", de la raza canina Bull Dog; dado que siempre estaba con "cara de perro" y andaba, desde que se levantaba hasta acostarse, con un humor igual. Lo cual coincidía con su aspecto físico: Piel cobriza, pelo moreno, bajo, morrudo, de rostro cuadrado, ceño fruncido y ojos semi rasgados, casi cerrados. Con su voz gruesa y ronca, parecía ladrar más que hablar.

Su resentimiento social, nació casi con él, en su lejano y montañoso país americano donde, como pobre, no tenía ni para zapatos, teniendo que ir descalzo, por los pedregosos senderos de montaña, a la escuelita donde aprendió a leer y escribir.

Sufrió la marginación que no comprendía, transformándola en un odio generalizado, mezcla de envidia, prometiéndose a sí mismo, llegar algún día a tener tanto o más que aquellos que lo humillaban.

Su primer intento por cambiar de clase social, fue seducir a una joven de abolengo. Como los parientes de ella no lo toleraban, forzó la situación embarazándola y sólo logró que, además de obligarlo al casamiento, la marginaran a ella también, antes que aceptarlo.

Decidió emigrar a un país cercano, en el que las diferencias sociales no se percibían a simple vista.

A su esposa, la veía y trataba, como si fuera síntesis y símbolo de todo lo que le había producido ese resentimiento -ya hecho carne en él- volcando a todas sus frustraciones, en el ya numeroso seno familiar.

Supo hacerse un nombre en los negocios y amasar fortuna, a la vez que torturaba a la pareja y sus vástagos, hasta de modos inconcebibles.

Para dar un ejemplo de sus vejámenes, comentaré que se lo pasaba haciéndolos blanco de denigraciones tales, como las que él había sufrido de niño, como tener que andar descalzos e ir a la escuela de ese modo, cuando él tenía hasta 20 pares de zapatos, de excelente calidad, que compraba de a 4 ó 5 por vez. Amén de las golpizas que propinaba a quien osara pensar diferente a su criterio.

El primero de sus vástagos, cuando llegó a la edad de 15 años, tuvo el coraje -y hartazgo- suficiente, para atreverse a empuñar el arma que había en la casa, enfrentándolo, y hasta le disparó, errando por muy poco, para que se fuera definitivamente, dejando de ir a torturarlos cuando se acordaba de que existían, o tenía deseos de descargar sus frustraciones en alguien.

No le importó mucho. Simplemente quiso dejarlos en la calle. Gracias a la compasión del juez que ofició en el acuerdo de separación, apenas pudieron quedarse con la humilde vivienda en la que habitaban, dado que, a lo demás, lo había puesto a nombre de terceros.

Su fortuna crecía al igual que sus enemistades. Llegó a darse el lujo de tener cuentas secretas en Suiza y permitirse los caprichos que se le antojaran. Pero no por eso dejó de ser un miserable, llevando una vida igual.

Rondaba los cincuenta años, quizás un poco más, cuando lo sorprendió un ataque cardíaco que lo asustó seriamente.

Recorrió a los mejores especialistas, que coincidieron en el diagnóstico: Había que realizarle un transplante de corazón. Para ello, debía anotarse en una larga lista, a la espera de donantes, sin saberse si podría vivir hasta obtener uno.

Intentó comprarlo, pero sin éxito. Sin embargo, hasta en eso tuvo suerte. Dos meses más tarde, le informaron que habían conseguido un corazón que podía ser compatible, pero como pertenecía a un niño de corta edad, podría ser demasiado joven para su organismo.

El sólo vio la oportunidad de vivir más años para seguir con sus tropelías y pidió que se lo colocaran cuanto antes.

Ni los médicos saben qué fue lo que pasó en la operación, en la que falleció y como a la hora revivió.

Cuando dijo que había hablado con Dios, nadie le creyó. Pero tampoco nadie pudo creer cómo cambió después de la misma.

Por primera vez lo vieron sonreír con naturalidad... ¡y hasta enternecerse! Aumentó los sueldos de sus empleados, reduciéndoles la jornada, siendo mas permisivo y tolerante. Hasta el mozo del bar donde acostumbraba a comer, se asombró de que comenzara a dejar propinas... ¡y generosas!

Lo más curioso, es que se interesó por la vida de sus colaboradores y creó un fondo de ayuda cooperativa, con el superavit de sus empresas.

Su administrador general, le informó que esa actitud lo llevaría a la ruina en muy poco tiempo, dado que aumentó sus costos, bajando los ingresos, con lo que comenzaría a "comerse" el capital propio.

No le importó. Es más, anunció que empezaría a hacer donaciones, con el excedente de ganancias por sobre un buen sueldo y que, además, al 10% de la producción lo destinaría a los necesitados, ordenándole que confeccionara una lista con todos los posibles destinatarios.

Su contador insistió en que, tanto Henry Ford, como Alfredo Fortabat, no sólo eran de otras épocas y habían fallecido, sino que, a pesar de dar una ayuda a sus empleados, no habían regalado sus empresas, dilapidándolas como lo estaba haciendo.

La respuesta a esto fue una pregunta: ¿Acaso no es gracias a ellos, que producen, y a los consumidores, que nos compran, que he hecho más fortuna de la que puedo gastar? ¿Por qué no devolverles, aunque más no sea en parte, lo que me han permitido lograr?

Sin poder comprenderlo y tratando de hallar una explicación a esa locura, el contador le preguntó: ¿Qué era lo que Dios le había dicho, en el lapso que estuvo muerto en la operación, que lo había hecho cambiar tanto en su forma de ser y pensar?

La respuesta, en vez de aclarar, lo confundió aún más: Simplemente me mostró que las cajas de seguridad, en las que guardaba mis bienes, eran las bocas de bestias infernales que se alimentaban con ellos, obteniendo fuerzas para atormentar a la humanidad. A continuación, me dijo que probara dar unas monedas a un pobre. Este, con las mismas, compró alimentos para su familia, que así pudo obtener la energía necesaria para ponerse a producir y ayudar a otros. Estos últimos, enterados que todo había sido gracias a mi dinero, agradecieron mentalmente la ayuda y de sus cabezas salió una pequeña chispita que vino directa hacia mí. Al tocarme, ésta dejó con impecable blancura el lugar, haciéndome sentir muy bien, como rara vez me había sucedido antes.

Recién entonces, reparé en que mi ropa era totalmente negra, salvo por esa manchita.

Oí entonces, que Dios me explicó: Cada buena acción, produce una pequeña chispa que te blanquea. Sólo cuando estés impecable, podrás conocer lo que hasta hoy ignorabas y deseabas, como el amor, la paz y la felicidad, entre otras muchas cosas.

Le pregunté por qué esperó a esa altura de mi vida para decírmelo. A lo que El me respondió, que era porque recién entonces, tenía corazón de niño.

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