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La armadura del anonimato

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La armadura del anonimato

Mensaje  Don Sapo el Miér Dic 03, 2008 2:00 pm

Tenía yo 26 años cuando recibí de regalo la tarjeta que más me impactó en la vida. La misma, en su portada, tenía a un bello y triste payaso que extendía su mano abierta sosteniendo un corazón, ofreciéndolo. En la portada se leía: “Gracias por vivir…” y, en el interior, se completaba la frase “… con el corazón en la mano”.

Quizás porque me identificaba demasiado bien, fue que no comprendí el sentido y solicité a quien me la obsequió, que tuviera la gentileza de explicarme el por qué, ni bien la vio, la asoció conmigo y quiso regalármela. Era la primera vez que me agradecían mi forma de ser describiéndome de ese modo. Porque hasta ese día, me consideraba a mí mismo “a pecho abierto” más que “payaso de mirada triste con el corazón en la mano”.

Habemos extrañas y singulares personas que, aunque no nos vistamos de payasos ni maquillemos, vamos por la vida estilo Garrick (es link al poema en Centáurea). Tratando de paliar la tristeza interior alegrando el exterior.

Por otra parte, entre las personas que siento legítimo placer de haber conocido, está quien fuera embajador de la República Dominicana en Argentina durante varios años, el escritor que firma como León David. No sólo él como su familia me han impactado con su natural calidez humana, uno de sus libros se titula “Parábola de la verdad sencilla” (o “parábola de la verdad desnuda” no recuerdo bien. ¡Ojo! Que algunos años después apareció “El caballero de la armadura oxidada” de otro autor, cuya parábola tienen puntos en común pero diferentes, como si se hubiera inspirado en buena parte en el de León David); me asombró de lo bien que logró en ese libro a una parábola sobre la actitud social en la vida de la inmensa mayoría de las personas.

Casi toda la gente se reviste de armaduras para no sentir el dolor de los golpes de la vida, sobre todo el frío contacto con los desconocidos que viven erizados de defensas psicológicas, por temores de toda clase. Es un condicionamiento social prepararnos para movernos en un monte de zarzas y espinos. El camuflaje ideal para no desentonar.

Lógicamente, hay seres que intentan hacer leña de nosotros como puedan; pero ¡son tan pocos! Como atacan por sorpresa, sobre todo buscando los puntos indefensos, es que nos cubrimos por completo, sin darnos cuenta que no existe armadura perfecta o invulnerable y, lo que es peor, que el aislamiento masivo produce tanto o más daño que los pocos maliciosos de quienes pretendemos protegernos. Pero no nos damos cuenta, hasta que es bastante tarde, que dicha armadura psciológica/emocional termina haciéndose carne, como reemplazando a nuestra piel.

En lo psicológico y emocional, es igual que en la físico. Si andar acorazado fuera una solución ¿por qué el personal de policía o fuerzas armadas no visten armaduras completas en sus trabajos?

La respuesta es simple: A mayor defensa o protecciones, menor capacidad de percepción y de movilidad. Para peor, es claro que la malicia siempre termina hallando el punto débil. Así que la verdadera seguridad pasa por mínimas medidas, pero aguda atención observación y reflejos que, con armaduras, resultan imposibles.

Hasta los bancos más y mejor protegidos, terminan dependiendo de la ORGANIZACIÓN de muchos contra esos pocos. Incluso en internet, los delincuentes terminan siendo rastreados y atrapados por las organizaciones.

En definitiva: El aislamiento sólo previene contra novatos traviesos, para lo cual no son necesarias grandes protecciones. Pero ante los más perversos y capacitados, sólo las acciones conjuntas y coordinadas de muchos pueden terminar con ellos.

Si todos estamos disfrazados como en un baile de carnaval ¿cómo saber quién es quién?

No se trata de lobos disfrazados de corderos en el rebaño. Se trata de lobos y corderos disfrazados de arbustos tapados con mantas. Nadie se atreve a quitarse el disfraz por temor a quedar expuesto, por la inseguridad de IGNORAR cuáles son verdaderamente sus puntos débiles y evitar exponerlos. Prefieren ocultar todo y, de este modo, todos fingimos ser nobles y útiles, para no recordar siquiera qué estamos haciendo verdaderamente útil o noble.

Nos brindamos y ofrecemos caricias en el viento, que no atraviesan de verdad a la armadura para llegar a la piel y, mucho menos, al corazón.

Y nos sentimos solos. Frustrados por los duros o difíciles tiempos en los que nos tocó vivir. Porque preferimos mucho tiempo de relativa seguridad o calma, con pésima calidad de vida, antes que una arriesgada y plena que nos permita crecer aprendiendo de los errores.

Pero ¿quién se atreve a despellejarse las defensas, porque se sentirá “en carne viva”, para poder volver a sentir los aromas en el aire y la caricia de la brisa, aún cuando sea muy fría para nuestra desprotección?

¿No vale la pena el riesgo de sufrir el frío, para poder volver a sentir el calor del sol sobre la piel, en lugar de observarlo en una pantalla?

¿No vale la pena soportar el dolor del roce contra piedras u objetos ásperos para poder disfrutar de las caricias directas y hasta besos?

Así, casi toda persona vive dentro de una armadura que así como previene y amortigua lo dañino, también anula lo verdaderamente placentero de las relaciones humanas y sobre todo: dificulta amar y ser amados de verdad.

Cada quien elije. Es su legítimo derecho. Por mi parte, desde niño, he comprendido que la armadura me resultaba un armatoste tan incómodo como molesto para poder sentir y aprender las lecciones de la vida con la intensidad que merece una vida plena, por única e irrepetible.
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